Tulio Mora

3/01/2015
Fotografía: Oscar Limache


 

POEMAS:

LECCIÓN DE COLIBRÍES
 

Hay un jardín de tantos colibríes

que ya es el reino del puro movimiento

verdecoloradoazul donde si hay

flores más parecen labios que se ofrecen

mientras ellos

tiemblan peregrinos como son

hijos de los inquietos besos sacudiéndose

nieves, huracanes, malos vientos

que eludieron en su larga travesía.

 

¿A quién no le destroza el corazón

que esta poquita biografía viaje

12 mil kms solo para amar

llegando en olas incesantes, remontando las mareas,

los pronósticos del tiempo, las mudas de la luna

y a todos dándoles la contra, los muy tercos,

yendo siempre al sur y siempre sin errar?

 

Esta es una deuda

instalada en la física del sueño que llega

a pesar de dudosas o catastróficas noticias,

que atrae los polos del planeta, aún más épico porque

no traen más maletas que sus plumas

y jamás desde que el día ha sacudido sus errores

renunciaron a perderse el largo viaje del amor

sin pasajes, despedidas y tampoco pasaportes.

 

Solo disponen de sus alas cuando además

en mancha nos sombrean por el celo

de la especie que apresura muy puntual las estaciones

y aun con trampas llegan más veloces

que todos los aviones simplemente a ser felices

con sus bellas picaflores / chupamirtos y su

tribu de chillones colibritos

 

procurando para ellos agua, sombra, árboles y nidos

tanto trabajo en una misma ruta

sin brújulas, satélites ni drones

estremeciendo los paisajes igual que una madrugada de verano,

inquietamente guapos como son cuando enamoran

a sus chicas lanzándose suicidas

y luego rebotando sobre nubes o casuales vientos.

Y ellas que los ven

deseosas tras campánulas moradasverdelimoazuldePrusia

esperando el beso néctar de sus largos picos.

Porque juntos volaron toda esa distancia para amarse

sin aduanas ni policías antidrogas.

 

Más allá o más acá de la belleza

lo que existe es esta afanosa obligación

que llamamos vida por solemnes

cuando solo es amor, las puras ganas del amor

sacudiéndonos las alas, reescribiendo el único

dictado del perfecto sueño.

 

¿Importa lo demás si este es

el único poema que alborota el jardín?
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)

 


 
 
EL BIG BANG DE LOS DESESPERADOS
Cuando eras guapo y delgado podías entrar en la casa de un famoso ingeniero que tenía cinco hijas muy bellas y todas te rodeaban mientras hablabas seriamente de astronomía. Ser dramático era la clave de tu conversación avezada deseando que el momento angular de tu enorme deslumbramiento por la estrella Cygnus X-1 acabaría fascinando a las chicas que bailaban contigo –era un arcaísmo exquisito- el rock alrededor del reloj. 
El horizonte de los sucesos apenas parecía un pretexto para besarlas o llevarte a la decepción. Les contabas que Clarence King, un geólogo gringo, se descolgaba de un cerro filudo y mortal con una cuerda, convencido de que construiría un puente por el que cruzaría el tren redentor de sus encubrimientos. Porque él llevaba una doble vida: nada más atravesaba el puente de Brooklyn y ya se llamaba James Todd, padre de cinco hijos y esposo de una negra. No tenía amigos, no atraía a la vecindad, no invitaba a chicos delgados y guapos como tú ni leía "El puente" de Hart Crane. 
“Tengo fotos de una gigante roja transformándose en una enana blanca, así es la Gravedad del Colapso”, les decías a las chicas admiradas de tu autoridad sobre los agujeros negros en una ciudad que no tiene estrellas. Entonces su padre leía en alta voz los poemas acéntricos de Oquendo de Amat y tú soñabas que sus hijas estaban locas por ti. 
No tenemos la seguridad de que Clarence King entendiera que los puentes no son necesariamente el tránsito de una disociación. Tampoco que yo me hubiera librado de la elección porque el amor no es abundante precisamente porque no hay forma de que un astrónomo contemple la Constelación del Cisne amando a la vez a tantas muchachas en el mismo telescopio.
Escucha: yo entonces tampoco sabía lo que era la transparencia. Cargaba revólveres, asaltaba bancos y me movía entre sombras escondido por esas alturas que a King-Todd le costaba la tragedia de su duplicación. Suspenderse de una cuerda ya es un estilo de vivir devorado por 14 soles que a su vez se devoran a sí mismos hasta acabar en un agujero negro, allí donde el exceso me arrojaba al terror: mucha simulación, muchas chicas perturbadoras bailando pegaditas a mí.
Y el puto cielo que no derramaba la señal del amor ni de la revolución. 
Vamos a llamar a esta época de tu vida la Era del Teorema sin Pelos. Un curso irreversible. El Big Bang de los desesperados. Una plena certeza del acabamiento.
Pero James Todd desandaba el puente de Brooklyn y volvía a ser Clarence King.
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)
 
 
 
 
 
EN UN CAMELLO DE INVEROSÍMILES FUGAS
(Rimbaud)
 
¿Y si recibieras una jubilación por negociar esclavos?
Qué mala onda, dirían. Pero el puta abraza una bandera
y hoy escribe en el alfabeto de los apesadumbrados
que trasiegan el desierto en un camello de inverosímiles
fugas. No soy de corromper el diálogo de los siglos. 
Allí George Steiner y su instinto de rebajarle la pena
a los que no tienen perdón. Allí la iracunda Hannah Arendt
y el Señor de los Ocultamientos ofrendando metáforas
a los ingenuos de siempre. Tú eras ferozmente premeditado
antes y después de volverte chiflado por el billete. Un olor
a cosméticos, dos chifas en insana competencia como
hubiera reclamado Adam Smith después de compartir
un hongo con Marx. ¿Qué hombres hoy mueren en Mauritania,
en qué clase social pueden entrar? Tu banda desesperada
asalta una empresa petrolera y luego invita a saquear
al pueblo los almacenes de los prósperos cuando el planeta
ingresa en una sala de emergencias. ¿Qué dirías de tu sirvienta
negra? ¿Qué de tu doloroso temor de llegar a esa patria donde
te esperaba la peor madre que haya tenido un poeta? Hablo
de criminales en serie, de catástrofes y guerras químicas. Hablo
del modelo perfecto de crear una necesidad. Ya soñé con
hallar una maleta casual con millones de dólares para
repartirnos la felicidad de los narcos. ¿Serías el mismo poeta, ese
adolescente cuya sombra la luna atolondra en las dunas cuando
se refugia horrorizada de las masacres de Kabul? Oye, no hemos
cambiado la forma de leer tus poemas, pero los soldados muertos
siguen pudriéndose en esas guerras que secuestran a la belleza
en sus rodillas. Un pájaro bomba le canta al mundo y anuncia
el último día. Ya llega, de veras. Y te esperamos para que dances

(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)
 
 
 
DE BUEYES JALANDO LOS SIGLOS / (Poética II)
Para Jorge Pimentel y Carlos Alberto Ostolaza
 
Si la realidad no es completa ya no depende de ti, has hecho bastante con explicarte -y sobrevivir- al inacabamiento como fracaso.
Así envejecía un ingeniero contemplando una fotografía del puente que las apetencias del poder lo habían detenido al borde de un precipicio.
Si reescribimos la historia de un tren aquí ya tenemos la desventura de una proyección zigzagueando entre congresistas y decretos supremamente desconcertantes. Y nadie lograría que la grandeza de su jadeo se extendiese más allá de las pasiones retóricas. Los políticos anudaban el progreso que solo pretendía reocupar el espacio con la simple honradez de los bueyes jalando los siglos.
Hijos y nietos no habían consolado al predicador del futuro temerario, la esposa que le fue fiel en sus ratos más avezados e insomnes, el tumulto de inmigrantes que en sus grandes planes no eran más que piezas del nuevo orden: rieles, listones de madera, remaches y todas las tribus del clima alzando campamentos para la única gran epopeya.
¿Él hubiera sido grande construyendo el puente más abismado en un mundo fallido de ingenio y de dispendiosos perdedores? Pero una foto del puente inconcluso le recordaba que habían desfigurado su gloria con una estúpida discordia perennizada en las paredes de su amplia sala. Allí colgaban otras imágenes de innumerables homenajes e hipócritas discursos que precedieron a su jubilación. Y esa frustración era el himno triste de una locomotora fantasma trepando montañas antes de ingresar en los túneles del olvido.
Así envejecía. Así se remordía. Así empeoraba las cosas.
Hasta que encontró a un pintor que a trazos y brochazos perennizó una mentira donde políticos, guerras y presupuestos jamás restarían la gesta de alterar el vacío, prolongando el puente como se había imaginado en los planos. Sobre él marchaba el coloso desconcertando a las aves en el cielo desconsolado de las alturas.
Y como toda bella mentira el cuadro prescindía del tiempo, de taladros y dinamitazos, de epidemias y muertes, de motines de chinos e indios, de políticos y banqueros, incluso del puente, para dejar solo constancia del tren que echaba humo en medio del precipicio.
¿Es justo que el sueño reivindique nuestros postergados alardes, magníficos solo en el deseo y el despecho? ¿Importa acaso que el arte reproduzca una historia no sucedida?
Ahora muérete bien,
pero primero diles
que te llevas una torcida satisfacción.
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)
 


ORACIÓN DE LA NOCHE HERIDA 
Esa región vocinglera del cielo que arroja furia en el río, agua en el agua, agua pared de impenetrable amenaza, me separa de mi silencio que tras el agua es distancia debida.
Acodera el barco en plena tormenta sometiendo nuestros cuerpos a la voz prepotente de los truenos que en cuanto ensordecen las dudas también nos impiden salir de los remolinos de nuestros remordimientos.
¿A quién se dirige un hombre cuando el cielo, con ese desdén perfeccionado hasta la sabiduría en millones de tormentas, se envuelve de sí mismo y empapado hasta sus raíces se precipita en el más imperdonable de sus decretos?
Agua que se crispa en la apretada oscuridad del bosque, agua que nos cerca  en la región del tormento para indagar qué nombre llevan  las decepciones del mundo y sus sueños y qué barco se hunde en los presagios cumplidos cuando hasta los animales más avezados se guarecen implorantes ante el destello hiriente de los relámpagos que ponen de rodillas a los árboles reverberados por su indefensión en una batalla perdida.
A la voz fronteriza del cielo nos debemos, a su cólera luminosa. No fanfarronea uno allí ni se aventura el animal que nos puebla de benevolencia: donde reina el imperio implacable del vaciamiento la eternidad durará lo que un castigo, que no es de tiempo que dura, sino de dura intensidad y escarmiento.
Agua descontrolada, feroz en su desbocado terror, cada firma invisible que nos arroja es su palabra contra la nuestra, cada conversión de la sombra aterrorizada ante la enormidad de las olas es el vocerío mudo y mudado contra su resplandor que ardoroso cicatriza el más náufrago de los paisajes. Cada precipitación estrepitosa reescribe en nuestros huesos ateridos el himno aturdido de un perdón que sabemos inmerecido, la oración de la noche herida.
Sin orillas ni cobija en agua o tierra los anónimos nos borramos del alma y en la última mirada aceptamos el rencor de su autoridad inatrapable entre los dedos. A cada adiós un rayo entonces.
Contrasta ahora la vida entre la ilusa alusión del río apacible y del cielo encerado por el sol con esta masa alborotada que arranca súplicas a la inanidad de tu piel. Al sueño que se tropieza en los descamados tablones del barco hasta no ser más que un esqueleto armado en el museo de una tragedia de agua, mientras legiones de nubes, prestadas de otro cielo, se cierran y se aprestan al ataque final.
Toda costa será para ti costra mañana, si es que llega mañana, y toda sobrevivencia la hendida voz del silencio en otra sepultura de agua.
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)

 

BIOGRAFÍA:
Tulio Mora (Huancayo, 1948) es uno de los poetas más representativos de la denominada generación del 70 y uno de los escritores y teóricos más importantes del Movimiento Hora Zero. 
Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y se dedicó tempranamente al periodismo. Publicó su primer libro de poesía titulado Mitología en 1977. Entre otras obras están: Cementerio General,
Oración frente a un plato de col. En 2009 editó la antología Hora Zero: los broches mayores del sonido. Tiene un libro inédito llamado Bajo el cielo haragán del cual hemos publicado estos poemas.



MENCIONADO POR : 
Rosina Valcarcel , Stephan Enríquez, Miguel Urbizagastegui, Jerónimo Pimentel, José Rosas Ribeyro ,

MENCIONA A:  Jorge Pimentel, Jorge Nájar, José Cerna, Carmen Ollé, Enrique Verástegui, Dalmacia Ruiz Rosas, Yulino Dávila

Mariela Dreyfus

2/01/2015


   Fotografìa: Jorge Ochoa




POEMAS:  

ESCENA
 
Aquí, la mano que dirige soy yo.
Elijo el gesto   el movimiento
y lenta me aproximo
ajustando la voz (es un susurro)
midiendo el espacio de la toma
el ángulo escondido   el revelado.
 
También la luz importa:
media luz que nos deja
en la penumbra exacta del deseo
donde tú te me acercas (yo debajo)
donde tu vientre alcanza ya mi vientre mientras
tu lengua acaso (o son tus labios)
suave llega a mi centro   al nombre propio
que una vez le diste.
 
Sonidista atención:
el tono asciende.
Y también maquillaje:
el cuerpo exuda.
 
Exuda y se desnuda   es puro pliegue
pura carne enlazada a otra carne
epitalamio horizontal y tálamo
y sábanas revueltas y fluido.
 
Ya conoces mi onda de demiurga: lo que aquí
acontece es sólo mío, sólo tuyo y de a dos los dos
filmados. La membrana más fina   el celuloide
eternos nos conserven en la pose.
 
 
 
 
 
LA DAMA Y EL OPIO
 
(Elizabeth Siddal)
 
Atesora en el cuadro la belleza
que de mis ojos huye
y de alabastro pinta mis mejillas
consumidas y etéreas hasta el hueso.
 
En este mediodía frente al lienzo
mi palidez al sol niega y ofrece
la frágil consistencia de mi carne
y ese embeleso do la mente vaga
en zigzag aturdida
                            intoxicada
por negros remolinos que tu pincel demarca.
 
De furor contenido y de nostalgia
está hecha la imagen que seduce
al poseso de mí y al artista.
 
Sólo de fuego es la cabellera
roja como la sangre que en mis venas se mece
por la oscura sustancia adormilada.
 
En los brazos del láudano mi dolor es un ave
que del pico sostiene un niño muerto.
 
Lánguidos ojos posan la mirada
en la nota olvidada del laúd.
 
Sobrevuelan también otros objetos:
luce opaco el oro de Bizancio,
el terciopelo asoma, me das trajes
y un estanque en el fondo me hace Ofelia
núbil enamorada como yo
que me ahogo en la pose y en la tarde.
 
Es el último trazo de mi cuerpo
tu victoria que no atestiguaré.
 
 
 
MATAR A UNA MOSCA
 
¿De dónde habrá venido, me pregunto, con su mínimo estar
con esa vida que de acuerdo a Gabriel (a sus manuales)
dura apenas un día o a lo sumo, una semana entera así girando,
sobrevolando ciega (o casi ciega) entre lo sucio, el humo,
ciertos trastos?
 
 
 
La miro y la maldigo: imposible cazarla a la volada.
Por ahora ella gana mientras pico cebollas y tomates (jitomates) y sonríe tal vez ante la chance del tiempo generoso que le otorgo de puro desidiosa o es quizás mi mala puntería que la tiene rondándome elástica y hedionda.
 
 
 
Martín que es avispado sugiere usar spray (santo remedio)
pero no tengo spray y no consigo entrar en lo moderno de
las cosas, la dinámica handy, todo listo, ready-made la comida, el traje, el modo de matar a la mosca embelesada.
(De: Morir es un arte. Lima: Tranvías editores, 2010. 2a. ed. Lima: Máquina purísima, 2014).
 
 
 
 
 
ESPACIO para el dolor su
prístina materia alucinada
las curvas con que lo esquivas
frente a frente riendo como a un
muñeco de vudú le clavas agujas
pero no muere el dolor del barro
vuelve a levantarse sus labios te
susurran aquí estoy entonces
no queda sino habitar con él
servirle el desayuno llevarlo
contigo en la cartera pegado a la
cadera que a ratos parece que se
abre pero vuelve a ti ese aguijón
físico a la izquierda más arriba
a  la diestra y aunque es áspero
el dolor se te clava en el pecho
le crecen dedos garras afiladas
vas sumando dolores uno a uno
los atas en un haz les pones nombre
hay dolores antiguos como en rilke
aún no florecidos su roce es golpe
seco como una sed eterna temporal
que pasa vuelve y reposa también
horizontal así lo llevas a la cama le
cepillas los dientes al dolor siéntalo
en tus faldas dale un abrazo nada temas.
 
 
 
 
Círculo
 
te he marcado a fuego
como el hierro en el lomo
del ganado con la pasión y
te veo venir antes y después
del aguijón del beso de la occisa
la que engendra la muerte en
cada encuentro y te susurra frases
pero también te agujerea el pecho
abre su corazón y el tuyo frente
a frente si no latimos juntos ya no
es cierto este lugar tan íntimo este
reborde psíquico de nada es lento
el ritmo de la araña tiende sus hilos
del ámbito vital al gran veneno pero
cómo reclamas la ansiedad cómo
buscas palabras tan hondas como ella
su gran labilidad su ciego oficio pero
qué caramelo cuánta baba nos ha
ligado un tiempo tan preciso y te veo
venir acelerado la marca de mi eme
en la mejilla no dispares te digo aún
falta en el rodaje otra aventura dos
episodios y en el polvo un labial
dibujando rojo el fin
 
 
(De: Cuaderno músico, de próxima aparición).
 

 




BIOGRAFÌA:Mariela Dreyfus ha publicado Memorias de Electra (Lima, 1984), Placer fantasma (Premio Asociación Peruano-Japonesa, Lima, 1993), Ónix (Lima, 2001), Pez (Lima, 2005); Pez/Fish (New Delhi, 2014), y Morir es un arte (Lima, 2010; 2014). Fundadora del movimiento Kloaka (1982-1984), ha escrito el ensayo Soberanía y transgresión: César Moro (Lima, 2008) y traducido la antología An August Snow& amp; Other Poems / Nieve de agosto y otros poemas (Nueva York, 2014). Actualmente es profesora en la Maestría en Escritura Creativa en Español de New York University. Este año aparecerá en Nueva York su Gravedad. Poemas reunidos, que incluye su más reciente conjunto, Cuaderno músico.

 MENCIONADA POR: 
Rafael Garcìa-Godos Salazar, John Lòpez Morales, Isaac Goldemberg, Enrique Sànchez Hernani, Alberto Valdivia Baselli

MENCIONA A:

Carlos Germán Belli, Rodolfo Hinostroza, Mario Montalbetti, Roger Santiváñez, Dalmacia Ruiz-Rosas, Victoria Guerrero, JerónimoPimentel.