Porfirio Mamani Macedo

11/06/2006


















POEMAS:


Poème pour un enfant du désert
Enfant qui dans la poussière nais, et qui dans le désert vis, qui mieux que toi pourra dire aux hommes ce que tu sens ? Les montagnes résonnent de l’écho de la douleur dans laquelle tu demeures. Retourne donc à tes rêves. Et comme avant, et comme tu aurais toujours dû le faire, va jouer, et rire au fil du soir. Que tout ne s’engouffre pas dans la dent de l’oubli. Que tout, sur les chemins, ne soit pas poussière d’oubli. Que mes yeux ne revoient pas la douleur qui jaillit dans tes yeux. Je te vois là, traînant ton ombre famélique, je te vois là, te perdre derrière des murs invisibles qu’on ne veut pas voir. Je m’approche alors comme un souvenir et t’appelle : Enfant, qui dans la poussière nais, retourne à tes rêves, et que le vent emmène avec lui toute larme versée inutilement dans le désert !


Poema para un niño del desierto
Niño que en el polvo naces, y en el polvo del desierto vives, ¿quién mejor que tú, para decirles a los hombres lo que sientes? De ti sé por las montañas, el eco del dolor con el que moras. Mas vuelve tu rostro a tus sueños. Y como antes, y como siempre debe ser, vuelve a jugar, a reír en el filo de la tarde. Que no todo se hunda en el diente del olvido. Que no todo sea por los caminos, polvo del olvido. Que mis ojos no vuelvan a mirar el dolor que de tus ojos sale. Por ahí te veo arrastrando tu sombra desnutrida, por ahí te pierdes, tras los muros invisibles que nosotros ignoramos. Entonces yo me acerco como un recuerdo y llamo: ¡niño que en el polvo naces, vuelve tu rostro a tus sueños, y que el viento se lleve toda lágrima vertida en el desierto inútilmente!


La palabra

Para mi hija Alba Ondina Manuela

I

Nada es efímero, ni el dolor ni el placer.
Corremos de una puerta a un árbol solitario,
de un puente a una gruta que guarda el tiempo.
Cada mirada es un descubrimiento perfecto.
La lluvia es el sol que ocultan ciertas nubes.
Nuestra palabra es un grito irreversible en la nada.
Escribimos un nombre de alguien que no conocemos.
Oramos en el templo desierto del olvido
y soñamos con Dios encadenado a su dolor.
Somos peregrinos sin fe por el desierto
y dormimos sobre la blanca arena mirando el universo.
Para existir, a veces, inventamos un amigo,
le damos un nombre y con su recuerdo
nos perdemos en un bosque de palabras que se mueven.
Decimos que venimos de otro pueblo y nos confunden
con la lágrima que dejaron los que se fueron.
No conservamos nada del silencio que nos procuró
la suerte, el destino que no deseamos tener jamás.
Como aquel oscuro pasado, sobre la hierba cruzamos
para alcanzar el recuerdo que dejaron los otros peregrinos.
En una calle encontramos la sonrisa de un desconocido,
luego nos sentamos en una piedra para ver
las huellas que sobre la hierba quedan,
y también tu rostro que en la penumbra esperando queda,
amigo, hermano, la palabra que nos salve.


II

Entonces, pienso en la palabra que a todos no libera
del miedo, de la sombra que cerca la memoria,
del aire que se filtra por las rendijas del dolor.

Pienso en la palabra que a todos nos libera
del dolor que encontramos en este valle.

Pienso en la palabra que nos nombra un camino,
aquella que nos muestra la ventana, no el olvido.

Pienso en la palabra que me dio un amigo en la frontera,
aquella que abrigó con un pan todo mi destino.

Pienso en la palabra secreta que a todos
nos espera en alguna parte, desnuda y sola.

Pienso en la palabra que pronunciaron otros hombres,
aquella que abrió las puertas del insomnio.

Pienso en la palabra que me dejaste escrita en un árbol
aquella que ya escribieron otras manos en otros muros.

Pienso en la palabra destinada por otros al olvido,
aquella que me nombra, un ruido, una cosa, una imagen.

Pienso en la palabra que separó las aguas del mar,
aquella que atravesó todo un desierto.

Pienso en la palabra que soñamos
en el fondo de una gruta.

Pienso en la primera palabra que pronunciamos
con dolor, por este camino que nos lleva a alguna parte.

Pienso en la palabra que no pronunciaré un día,
aquella que todo lo nombra, que todo lo revela.

Pienso en la palabra que escribí en una carta
a un desconocido.

Pienso en la palabra que mide el tiempo,
aquella que destruye los caminos como las noches.

Pienso también en la palabra que encontré a orillas de un río,
en aquella que me dio un niño en el alba
para cruzar el ancho día.


III

No era la noche sino la luz
No el pasado sino el camino que faltaba recorrer
Eran sus manos agarrándose de una rama
Eran voces que rodaban de sus labios
Era su larga cabellera que jalaba el viento
No era la noche sino sus ojos en la noche como luces
No era una estrella sino una ventana abierta:
era su voz que llamaba en el centro de un bosque y también
el ruido de sus pasos que sobre la arena iba dando.
Yo la esperaba cada tarde
al pie de este roble que sombrea mi cansado cuerpo.
No era la duda sino su voz que cortaba el viento,
su voz que refrescaba todo mi cuerpo en el desierto.
Pero hoy que quiero verla no la veo
y así, hacia una sombra que se mueve en el camino yo me acerco.
Hundo mis pasos en el polvo que ha soplado el viento,
jalo mi cuerpo como se jala una roca del camino.
No era la noche sino la palabra que inventa el día
para que todo fuera diferente en el huerto prohibido,
para que los niños no miraran en sus manos
el hambre,
la sed que corría como un río por los cuerpo de los desgraciados.
Era otra sombra que ya nadie quería recordar,
el rostro que ya nadie quería recordar.
No era la noche sino el viento que bajaba o subía al cielo.
Era ella, la palabra, la voz que creo todo el universo
y todas las cosas que en el universo existen.
Era la piedra que en la piedra se formaba.
Eran los mares que impacientes me esperaban.
Eran las flores que miraban nuestros ojos en los prados.
Eran los manantiales que nacían del vientre de la tierra.
No era la noche sino un camino abierto que todos esperaban.
No era el fuego sino la fuente del reposo
allí donde encontraran los desgraciados
agua para lavar sus miserables rostros
que vivieron como huyendo de la vida de los afortunados,
pues nada les dejaron sino olvido, indiferencia y desprecio.
Era la palabra que todo lo guarda y todo lo recuerda.



BIO/BIBLIO:

Porfirio Mamani Macedo ha nacido en Arequipa (Perú) en 1963. Es doctor en Letras en la Universidad de la Sorbona. Se ha graduado también de abogado en la Universidad Católica de Santa María, y ha hecho estudios de Literatura en la Universidad de San Agustín (Arequipa). Ha publicado poemas y cuentos en varias revistas en Europa, Estados Unidos y Canada. Ha publicado entre otros libros : « Ecos de la Memoria »(poesía) Editions Haravi, Lima, Pérou, 1988. « Les Vigies »(cuentos) Editions L’Harmattan, Paris, 1997. « Voz a orillas de un río/Voix sur les rives d'un fleuve » (poesía) Editiones Editinter, 2002. « Le jardin el l’oubli », (novela), Ediciones L’Harmattan, 2002. « Más allá del día/Au-delà du jour » (poemas en prosa), Editiones Editinter, 2000. « Flora Tristan, La paria et la femme Etrangère dans son œuvre », L’Harmattan, 2003.(Ensayo). « Voix au-delà de frontière », L’Harmattan, 2003. « Un été à voix haute », Trident neuf, 2004. Poème à une étrangère, Editions Editinter, 2005. Ha enseñado en varias universidades francesas. Actualmente reside en París y enseña en la Universidad de Pïcardie Jules Verne y en la Universidad de la Sorbonne Nouvelle.



MENCIONADO POR:

Isaac Goldemberg



MENCIONA A:

José Gabriel Valdivia, Oswaldo Chanove, Lolo Palza, Leandro Medina, José Ruiz-Rosas

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