Cecilia Podestá

POEMAS:
me entregué a los que llamaban desde el ruido o el latido de un muro.
me buscan los parques y sus bancas de cemento frío.
no me buscas tú, perdiste las manos en el cabello que cubría mi locura amarilla extendida sobre tu falda de paño y tu olor. perdiste la voz y el llanto cuando se hicieron eco de nuestra casa o abismo que se lanzaba sobre mi espalda para hacerme caer una y otra vez sobre mis ojos desvariando. mujer, tu amor desesperado no evitó que mi cabeza emanara el olor de la zozobra en fermento o que el muro rechazara mi cuerpo contra el suyo. no evitó que me olvidara en tu voz, tampoco el movimiento sinuoso de mis miembros meciéndose para tocar mi locura como a la fiebre helada que te obligó a escribir mi grito y deshacerte de mi cabello haciéndose rabia deforme en tus manos.
***
me ha tocado contar el paisaje de tu piel arrugada: una vejez cruda que no me recuerda. soy el que buscó tu suave seno y halló la muerte en un pezón morado y seco. soy el abandono sobre un suelo helado, el cuerpo que se hizo monstruo deforme abrigando odio tierno como cera en mi oído dañado y amando tu piel de camaleón por haber envuelto la mía.
me convertí en una hoja de lata que corta y expande el olvido, en una fina navaja que corta la desesperación en dos. dos. dos ojos volviéndose espacio vacío. cambiarías sus nombres y los convertirías en la tragedia que ahora devoras y te devora. no pronunciarías el mío como el ruido lejano que silva su histeria. lo escogí yo imitando el de los demás. cada uno equivocando su absurdo más que otro. me toca llevarte a la cera sombría para escribir tu final, ampararme bajo el sudor de tu frente que ya no distingue lo que dice la fiebre y derrama olvido en tu boca que delira. me ha tocado contarte en susurro la agonía. agonía sabe en mi a boca que bebe sangre de sus llagas en vez de seno amargo. me toca hablarte sin que me escuches, Táluma, de cómo el olvido convertido en un animal salvaje comerá de ti como fruta seca entregada a la sal que ya te espera. Te toca ir, anda que se cierra la herida, el portal .
(De El libro de Táluma)
***
LA PERSIGNACIÓN
El padre estaba perdido
en un movimiento de la mano derecha
que empezaba por sofocar la frente
y bajaba
llevando la muerte al hijo en una línea recta,
también cada sensación fabricada
para sobrevivir.
El padre
estaba ausente de las manos del hijo
que lo evocaba
cuando obligado,
cruzaba el alma
intentando alguna fe desesperada.
Entonces imaginaba que dios era su padre
Si,
el debía ser un extraño dios
Por lo que explicaba su ausencia
Y la devoción de su madre.
El hijo se cortó las manos.
Envueltas en hielo
se las entregó a ella
para que pudiera hallar
la piel hervida de su frente y muerte en el
pecho
recorriendo su rabia y piel de mujer sexagenaria
en las mismas manos que hizo crecer rezando
para pagar la culpa de la ausencia.
La madre aceptó las manos del hijo.
Las sembró en su jardín de muertos sin nombre
esperando a que crezca de ellas
la rabia exacta
para matar su cuerpo
e inventarlo en el exilio.
Aprendió a beber del hielo deslizado en su piel áspera
también a defecar
entregándose sobre el pasto amarillo
que lo rechazaba
y en el que descubría su bautismo.
Sólo sabría llevar los ruidos
dentro de esa boca hambrienta
y sin dientes
tratando de tocarlos
con la lengua enferma entre labios resecos
y morados,
los mismos que poco probaron el seno de una mujer.
Y es que si pudiera hablar
diría que aprendió que su bulla
es igual al retozar de dos agujas
rozándose,
riendo,
sudando su sed
que desaparece
bebiendo del excremento seco en su piel
cuando el hielo lo roza
cae
destruye
y acaricia.
Y ha descubierto con paciencia
que lo llamo el hombre del hielo
ha descifrado en sus heridas
que habita dentro un ser
lleno de ojos
y manos amarillas
Manos que lo reinventan en cada línea de este poema
Sin saber como matarlo
Porque aún encuentran
Un poco de amor sobre el pasto seco y amarillo.
***
Plegaria
Señor, devuelve mis muertos a la orilla.
los escucho en sus oraciones
desde el piso más alto de Babel.
Les has dado un falso cielo o atardecer
en la hora exacta de su muerte.
Regrésalos a la orilla
con sus canciones y locura
suyo es el reino como suya la risa
con la que ya no danzan hacia precipicios en la víspera.
Déjalos ir como herejes,
pertenecen a la arena vagabunda
donde con lenguas heladas
deberían acariciar mis pies
ahora entre la sal
buscando el susurro
que me nombre dentro de sus canciones
y junto a su sagrada muerte
que revienta una y otra vez contra la misma orilla
donde voy a buscarlos,
tan tarde ya,
y me topo con la lejana Babel.
Ellos,
desde el piso que casi toca las puertas de tu reino
me piden orar en cualquier lengua extraña
para que puedan regresar al agua salada
que calla y bebe de sus pecados
como un monstruo en su verdadera tumba:
helada, de brisa.
Pero poco sabes de la muerte señor
porque has aprendido a tragarla
y hacerla parte de tu cielo inmenso.
Has olvidado hundirla en el agua turbia y ruidosa
junto a los que duermen ahogados en compañía de sus bestias marinas:
esos, los muertos que no te atreviste a tocar para tu cielo inútil.
Devuelve los míos a la orilla
no me los quites en esta noche oscura y callada
que me conduce como un lugar vacío recorriendo otros
convirtiéndome en el espectro
que habla sin entenderse y vaga hacia la errante Babel.
Devuélvelos o llévame con ellos
para escucharlos una vez más en tu absurda,
triste y maldita Babel, señor.
(De Juzgando los exilios)
***
los pies de la muchacha eran perfectos, pequeños.
ella era imperfecta tocando en su ombligo ovalado -casi infinito- la espera de un sueño de amantes y saltar al vértigo de sus manos, eligiéndolo sobre el eterno muchacho que la había besado por primera vez en el parque de la infancia haciéndola una sombra curiosa entre los postes de luz.
Y vino a mí con su edad tan corta y sobre mi piel mayor, dejando sus pies junto a los míos. lo había rechazado. ella, negligente, me elegía a mí y no al muchacho que pretendía grabar su nombres en algún árbol.
Y era mía. Y mi piel era suya, hasta que me di cuenta que sus pies eran fríos y tenían un color morado. Ella vino bajo mi piel mayor y los dejó entre los míos, los ofrecía morados y pequeños como si fuera a quedarse para siempre, como si le hubiera declarado algún amor que llevara su nombre, como si también la hubiera elegido a ella. parecía una muerta que sonreía desnuda y develaba su cuerpo mientras el frío y la vergüenza comían de sus dientes y endurecían sus pezones. ella era feliz, lo recuerdo. Quizá yo también. Ella no sabía que había muerto desde que me tendí sobre su cuerpo. no sabía que tragaría de su belleza hasta convertirla en una mata consumida. no sabía que el amor es a veces un torpe beso prolongado y amargo que se vuelve cansado. Ella no sabía nada. No tenía por qué. Sonreía confusa, cediendo la piel erizada en su lúdica vergüenza y los fuertes latidos entre sus piernas que imitaban a los de su pecho. yo iba jugando a ser el verdugo que poco a poco se descubría sin pudor y era tragado por boca, por su beso, por su saliva, por su peso, si, era tragado y quizá tentado, cuando decía mi nombre como si fuera un destino señalado o cuando hablaba de un lugar en el que no existía el parque alrededor de nosotros tan ocultos y tan desnudos. era cuando reía mostrándose dulce como un ruego para que olvide arrancarla de mi piel o que callara lo que ambos sabíamos: que ella era una muerta más sobre la cama, que sus pies eran morados, su cuerpo frío, el amor: un paréntesis que había terminado, y que yo tenía mi propia mujer muerta esperándome con el cuerpo tibio para amarme a pesar de los errores. entonces la muchacha se levantaba para vestirse caminaba sola entre los postes de luz. había dejado su sombra curiosa y sin ningún misterio bajo la cama oscura en la que los monstruos gemían como nosotros y devoraban sus historias alrededor del parque. ya caminaba sin sombra, cayendo sobre el suelo como una torpe mujer que descubría el rechazo y tocaba mi amor únicamente en su sexo, sabiendo que volvería una y otra vez junto a los monstruos que nos imitaban bajo la cama y se repartían su belleza como mendigos.
(De Fotografías Escritas; segunda edición)
***
Al amanecer
la miseria acariciaba el hambre de mi el estómago con amor
colocando sus manos como brazas.
Entonces supe que tu hijo estaba vivo y se guardaba entre mis intestinos, protegiéndose de mi llanto y de mi rabia.
Tu hijo,
el mismo que entró en mí con violencia,
buscando el refugio desesperado para caer sobre la noche y sobrevivir.
Ahora quema cada parte de mi cuerpo y roba mi comida en el encierro.
Encerrados el y yo, tan juntos sin poder desaparecer.
Tan juntos como inútiles siendo la misma carne.
Y aquí, en este otro lugar oscuro, en este vientre, tu hijo, tan maldito como tú, me pide amor entre estas carnes.
Y tan dentro de mi como tu, mueve su cuerpo golpeando con violencia.
Y yo, tan perdida, tan olvidada, tan sola
me condeno maldiciendo lo único sagrado que tengo en esta celda, en este encierro.
Tu hijo, que no es mas mío, porque me niego a amarlo, sabe que tratare de matarlo esta noche y la noche siguiente hasta conseguirlo.
Cuando despierte por la mañana y no haya podido deshacerlo
sabrá que trataré de castigarlo cayendo tantas veces al suelo en el que me tuviste maldiciendo en voz baja
con un cuerpo resignado que no era más que un bulto tendido.
Caeré tantas veces que mis piernas quedarán rotas al igual que mi vientre
para que él pueda salir a estrecharse con la muerte
Para que pueda bajar entre mis piernas como un llanto de sangre
y se aleje de mi para que también la muerte me abrase
para que este cuerpo que no es más un cuerpo
sino una ruma de carne golpeada y torturada, termine y con él:
el canto, el grito, el ruido de nuestros pasos clavados en las paredes como excremento.
Que termine el canto del cuerpo quebrado
inútil ya en su intento de transformase en la fe desaparecida.
Tu hijo traerá la muerte para los dos
Y cuando se aleje de mí y la muerte lo acune en su brazo
Conseguirá el amor de su madre y será sagrado.
Conseguirá mi amor
Y seremos sagrados en la muerte los dos.
(De Granizo)
BIO/BIBLIO:
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MENCIONADA POR:
Jorge Frisancho, Ximena Lazarte, Maurizio Medo, Miguel Angel Zapata, Domingo de Ramos, Artemio Julca, Victor Ruiz Velazco, John López, Victor Maldonado, Diego Alonso Sánchez, Gustavo Fernández, Martín Zúñiga
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