A. P. Alencart
POEMAS:
UN CONEJO ATRAVIESA LA PRIMAVERA
POR esta colina
donde sólo hay cobertura
para sentir poemas de Horacio
y hundir el cuerpo
entre la hierba,
hace tiempo que no miro
el reloj.
Un conejo atraviesa
la pradera que circunda
mi silencio.
La primavera
ampara el tránsito
de las apariciones.
(Inédito)
***
TODAS LAS PATRIAS
CIERNO mis genes para hallar las patrias
que fueron colocando su preciosa carga
en el mapa enérgico del pecho que llevo
con la viva paz de quien ama con fuerza.
En mí no podrán reconocer al extraviado,
pues mi deriva busca agasajar los suelos
que fueron nutriendo a los antepasados
como abono para que mi cuerpo naciera.
Esta patria me pertenece, y la otra también,
porque no reconozco los caminos distintos
y me avergüenzo cuando me piden papeles
que ya arrojé como limosna a las hogueras.
En mis pasos está mi patria del momento;
en mis acentos sabrán hallar a las demás.
Soy el relámpago que se vuelve infinito
para alumbrar el cielo de todas las patrias.
(Inédito)
***
SOLILOQUIO ANTE EL RÍO AMARUMAYO
(Para Antonio Claros, i. m.)
VIVIMOS un tiempo que parece breve,
pero que crece y suma.
Y así, casi consumidas
las revelaciones, casi abrumado por rachas
de un amor que ordena sombras y despojos,
caigo de rodillas.
No hay tregua: surgen
alegrías que el recuerdo enciende, flores
suntuosas, señoras y señores, parientes,
ciudad y selvas repitiendo ecos,
instantes huidos de lo que muchas
veces fui.
No hay tregua en la resta de horas
principales. Casi pálido, casi intuyendo
la continuidad que se avecina, caigo
de rodillas mientras ocurre, tres veces
caigo mientras se calienta la tierra mía
y me dona efluvios de clorofila.
Podría morirme
de ternura en este instante, dejar
el lagrimeo
para otro viaje, cubrirme
con hojas de plátano hasta que huya la vida.
Pero
me quedaré a ver qué sucede de pronto: si
el viejo castaño vuelve a florecer,
si se aviva la esperanza de los lugareños,
si el crepúsculo violáceo desliza
otra forma
de paisaje.
Toda sagrada intimidad
tiene complicidad de la memoria.
Sobre
las palmas de mis manos pernoctan luciérnagas
con su mundo luminoso, libélulas
temblorosas y hasta un picaflor aleteando
asombros.
Sí, es cierto, no hay tregua
cuando se retiene lo crecido bajo este cielo. Sí,
es cierto, mi tierra desde el aire
es una verde extensión con ríos visibles
e invisibles. Pero también hay poblados sin ayuda,
niños y hombres exhaustos, niñas en tal agonía,
mujeres que conciben y conciben.
El propio calor
es imán de la carne y repite desnudos y caricias.
Pero
no soy dueño
del futuro,
pero como hombre amo y soy generoso y no olvido
a quienes mal gobiernan mi terruño, despiertos
cuando las elecciones, dormidos cuando
triunfan: ¡Arre, arre, arre!
¿Qué manos manchadas veo? ¿Qué promesas
preparadas para el olvido oigo?
Pero,
¿quién soy yo
para reabrir heridas?
Carreteras por allí, océanos por allá, puentes,
puentes, proyectos que se escriben y dibujan,
asfaltos que posiblemente no verán mis ojos.
¡Tanta prosa envejecida!
¡Tantos discursos que no se entienden!
Tuerzo el cuello a los proclamados
y a los pavorreales. Y les recuerdo su grotesco
oficio.
Lo que llega de inmediato ya no son
esos aires amargos.
Lo que llega de inmediato
es el amor que brota de las gentes.
Lo que llega
de inmediato se escribe con lapiceros
antiguos: “Repite su mundo
quien lo cuida en el espíritu”.
Así que aquí estoy
con lo mío, dando vueltas, intentando
revivir lo bien vivido.
Soy catador de esencias cotidianas.
Soy cazador que avanza, que invade lo nombrado
con palabras de homenaje.
Cumplo los cuarenta con gozo total,
embriagado por jarras de masato
fermentado
en la boca complaciente de la vida.
Cumplo los cuarenta y ocurre este soliloquio,
esta afirmación, este salmo que se envuelve
en el alma.
Si quisiera
exhibiría sapiencias, diplomas
y otros frutos de tenaz aprendizaje.
Pero no.
En este nuevo nacimiento
sólo enseño lo que me es propio:
aquel reino de luciérnagas
o esta doctrina feliz del que mucho debe
y ofrece que coman de su plato
y siente que dulcemente el corazón se empapa
con locas alegrías y largas sombras.
Tiempo de solicitar hamacas para mecer ausencias.
Tiempo de barrer hojas secas y fatigas.
Tiempo de aplicarse bálsamos sanadores.
Larga fue la travesía por espejos del agua
y penumbras intraducibles.
Inmensas fueron las ciénagas
y trincheras traspasadas.
¿Dilapidé la ilusión del caminante?
¿Qué puedo decir luego del trecho recorrido?
Se alzan vestigios escritos en el polvo del camino,
en códigos y centones, en papeles
que algunos leen.
Pero no llegamos a nada. Nadie llega lejos
porque el tiempo nos consume en su horno victorioso.
¡Fuera las imposturas!
Soy el testigo que no mutila su sonrisa,
el hombre dispuesto a que el pecho se le estalle
si extravía el amor, el beso de la tierra
o la ilímite comunión con el territorio exacto
del origen.
En esta renovada aventura
debo quebrantar reglas que barnizan
el artificio.
Es de rigor volver
con el asombro jubiloso
de la infancia.
Las palabras endebles se sostienen con tamishi.
Las palabras reumáticas se curan con ishanga colorada.
Las palabras famélicas se alimentan con tacacho.
Las palabras ebrias se maceran con chuchuhuasi.
Las palabras se expresan con cautela:
podrían parecen el anverso de lo real;
podrían no dejar germinaciones deseadas.
Lentamente
me embadurno con la humedad del aire,
con la dimensión que no se oculta,
con la tierra caliente que me hunde en alabanzas
mientras caigo de rodillas, tal como caen los viajeros
extraviados cuando encuentran un oasis.
¿Dónde guardan sus brillos los recuerdos?
¿Dónde trepan las orillas de otros tiempos?
Ese lugar no tiene nombre todavía
aunque reposa en el cuerpo entero
y se suelta en los sueños
y danza con sus contornos de almíbar
por el fondo de los ojos
o por vetas coronadas de la memoria.
En el corazón de todos está el agua del aire.
En el corazón de todos está el pueblo y el paisaje.
En el corazón de todos está la voz que convoca
a ese mundo escondido entre las llamas de los días.
A corazón abierto el mundo amado no se escapa:
acontece, se justifica, nace lento desde un río invisible
que trae espumas y hálitos de embriagada naturaleza.
Vuelvo a mirar árboles indultados
que resisten como viejísimas tortugas.
Vuelvo con mi verde acento intacto
y me sé quedar lleno de angustia
si pienso en el Ártico y el Antártico,
en islas de las antípodas que la marea va cubriendo,
en su vital dependencia de estas selvas.
Aires para el mundo entero descansan aquí,
con sus purezas y alocuciones.
Aguas para el mundo entero discurren por aquí,
bajando en silencio desde las cúpulas andinas.
He sentido el clima herido
y tengo idea que no aprendemos.
Ya todo
se oscurece
y voy veloz entre palabras definitivas.
Este año a las águilas les sobra miedo
por el desmonte de la selva.
Este año tigres y picuros van cayendo
en demasiadas trampas. Tan aprisa
se imponen las rotundas mentiras del desarrollo
mientras sigue el abandono del hombre.
Y yo, aquí, de frente a la realidad
de la muerte.
Unos pocos vecinos llegan
a escuchar mi canto. Tan dulcemente se acercan
que caigo de rodillas y desperdigo ofrendas
en la sementera del devenir.
¿Importa lo demás?
¿Alguien preguntará qué golpea mi corazón?
¿Quién irá conmigo hasta el cañaveral del río?
¿Qué ángel o amigo se vuelve olvidadizo
y no me reconoce y me niega el chapo caliente
del desayuno?
Por otra parte,
y a esta edad que me resiste,
los días callan como lenguas vencidas,
las noches se inundan de sonidos,
la casa de los sueños muestra sus destrozos,
los padres aparecen con devociones,
querencias y albores de fiesta,
los hermanos pequeños se cobijan en mis huesos,
las hermanas ofrecen al mundo sus niños resplandecientes...
Volver es vivir otro renacer,
desatar blandos poderes,
habitar sombras ramificadas
donde ecos te salvan, donde escuchas
ruidos pequeños y gentes sin mordaza.
Lentus in umbra,
como Títiro,
pegado a la sombra vuelvo,
vuelvo tarde, lo sé,
pero con pasos no vencidos
y en paz con todo el mundo.
Oh infancia de aserrín,
oh río Amarumayo
donde pesco sábalos,
donde al sol me baño,
¡moja mi epidermis,
bendito río de la vida!
¡inspecciona mis llagas!
¡acuérdate un día más
de este hombre ausente!
Humildes conjuros alejan
de mí boas y caimanes
cuando llegan loros
atraídos por mis oraciones,
cuando el agua turbia
se hace azul conmigo.
Río lento de mi amor,
vuelvo al requerimiento
de tu caudal secreto.
Con las lluvias enjuago
el tiempo alucinado.
Con tus aguas alimento
helechos que llenan espacio.
Los nubarrones no impiden
que descubra lo que es mío
en el barrial de tus orillas.
¿Mas cómo nombro ahora
las hojas tiernas y las guabas
que se desgajan de la arboleda?
¿Cómo expreso mi alegría, cómo
cuento esas intensas estrellas
que veo reflejadas en los ojos
del pájaro perdido que me mira?
Abdico donde se encuentra todo
aquello que rodeó mi corazón:
lecciones de colonos, imprescindibles
crepúsculos, amarillos intensos
del aguaje, vastas inundaciones,
sonrisas remansadas de la madre,
limones flechados en el aire por
Ramayo, curaca de los huarayos.
Abdico antes de otro amanecer.
Abdico de tronos inconstantes
y floto en un río que me llevará
a tierras bolivianas y brasileñas
envuelto en el lenguaje apacible
de sus aguas.
Oh fondo
primero de los días,
vengo de muy lejos para desvelar
emociones que esplenden
en mí desde que existo.
Esta
victoria
es la única
que reclamo.
Luego pueden darme poca luz, poca luz,
pocaluz...
POÉTICA:
Nombra las cosas con lenguaje adánico, con ganas enormes de ir más allá de las palabras resobadas, adentrarte en el modesto -pero reverencial- espacio que te hace dar largos pasos mientras dispones en tu boca unas sílabas selectas para dar cuenta de lo que importa al hombre.
Desecha todo poema que no conmueva: podrá ser profundo pensamiento, alta filosofía o decantada sicología, pero nunca un fruto sencillo del estatuto que inflama el espíritu de los congéneres. En el corazón establece la capital de tu poesía: desde tal pozo de esencias escribe sólo aquello que emocione tu razón. Así otros lograrán sentir la resurrección de los misterios, el alzamiento de las premoniciones, la fe en el Verbo que ahora amartilla tu sangre: la poesía de este calibre no enviuda nunca.
Si sigues estos pasos -sabiéndote eslabón sucesorio del primer poeta que se sorprendió del fondo abierto de los cielos- tus días no están contados.
Buscarán arrebatarte todo, pero nunca capturarán la resonancia de tu eco.
Desecha todo poema que no conmueva: podrá ser profundo pensamiento, alta filosofía o decantada sicología, pero nunca un fruto sencillo del estatuto que inflama el espíritu de los congéneres. En el corazón establece la capital de tu poesía: desde tal pozo de esencias escribe sólo aquello que emocione tu razón. Así otros lograrán sentir la resurrección de los misterios, el alzamiento de las premoniciones, la fe en el Verbo que ahora amartilla tu sangre: la poesía de este calibre no enviuda nunca.
Si sigues estos pasos -sabiéndote eslabón sucesorio del primer poeta que se sorprendió del fondo abierto de los cielos- tus días no están contados.
Buscarán arrebatarte todo, pero nunca capturarán la resonancia de tu eco.
BIO/BIBLIO:
A. P. ALENCART: Nace en Puerto Maldonado (Perú) en 1962. Escritor afincado en Salamanca desde 1985, de cuya Universidad es profesor titular de Derecho del Trabajo. Fue secretario de la Cátedra de Poética "Fray Luis de León" de la Universidad Pontificia de Salamanca; es director de la Sociedad de Estudios Literarios y Humanísticos "Alfonso Ortega Carmona", y del Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca. Autor de varios libros de poesía, entre los que se cuentan La voluntad enhechizada (Verbum, Madrid 2001); Madre Selva (Trilce, Salamanca 2002); Ofrendas al tercer hijo de Amparo Bidón (SELIH, Salamanca 2003); Itinerario de los huéspedes (2005, con grabados del pintor Miguel Elías) y Pájaros bajo la piel del alma (Trilce, Salamanca, 2006. Con ilustraciones de Miguel Elías). Incluido en diversas antologías, es también miembro de la Academia Castellana y Leonesa de la Poesía. Su obra poética ha sido traducida al portugués, alemán, griego, italiano, inglés, coreano, árabe, serbio y ruso, además de haber sido objeto del ensayo titulado Pérez Alencart, la poética del asombro (Verbum, Madrid, 2006), firmado por Enrique Viloria, escritor y académico venezolano.
Ha publicado antologías de los poetas Alejandro Romualdo (Perú), Francisco Brines (España), Olga Orozco (Argentina), Reynaldo Valinho Álvarez (Brasil), Gastón Baquero (Cuba) o Jesús Hilario Tundidor (España), por citar algunos.
MENCIONADO POR:
Sonia Luz Carrillo
MENCIONA A:
Antonio Cilloniz, Ricardo Falla, Ricardo González Vigil
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