
POEMAS:
POESÍA II
Mientras charlo conmigo mismo
Lina está sentada en el barandal
yo no creo en lo real de las cosas
es más –quizá todo esto sea un sueño–
de pronto estoy como todas las tardes
estirándome en la meseta,
observando el viejo carril de tren,
la vieja planta de flores amarillas
–a la única que las heladas no afectan–
Está siempre sonriente
–al menos yo la veo así–
Lina nunca toma importancia de lo que ve
/tampoco lo hago yo en ocasiones/
aunque hoy es un día común
no he dejado de sorprenderme
de las extensas alambradas
que cercan estas tierras.
Mientras camino Lina –un antiguo amor–
me toma de las manos
y me mira intensamente a los ojos,
–yo no entiendo el mensaje–
en el camino oigo un susurro –constrúyeme–
y no voy entendiendo nada
Lina está otra vez en el barandal
mirando a todas y ninguna parte,
de pronto dirige su ojos al Sol
–radiante Sol, con nubes ralos que lo ornan–
y yo la sigo, mis ojos se ofuscan
momentáneamente
/no es de día, tampoco estoy en la rieles
estoy sentado en mi escritorio,
Whitman está observándome fijamente/
GENERACIÓN PERDIDA
Para Giancarlo Morales, gran baluarte de la nueva narrativa pasqueña y
Para los poetas Bruno Colqui y Manuel Alanya, grandes vates pasqueños.
Olvidamos todo antes de los 90s
y a pesar de todo –nos volvimos a encontrar–
éramos todos, los veintitantos
y quizá más antes de los 90s
–no lo recuerdo muy bien–
pero fuimos aumentando a medida
que cruzaba la década destructora de cerebros,
de vidas y hasta de los cadáveres,
terminamos casi muertos
al vernos dentro del Perú finisecular,
algunos corrimos a las secundarias
a refugiarnos de nuestros propios verdugos
y a pesar de eso no pudimos alejarnos
–porque no estaban detrás, delante
o fuera de clase, esperándonos,
sino que estaban muy dentro de nosotros
mismos, estaban en nuestros cerebros,
en nuestros riñones, en nuestra sangre.
Algunos corrieron a las universidades
y no pudieron ingresar
pues eran producto de los boletazos,
se arrancaban el cabello,
gritaban, refunfuñaban
y terminaron detestando a los docentes,
y se pudrieron tratando de poner
a sus hijos en contra de sus maleducadores.
Más de cien migraron a la selva
y se enriquecieron cultivando coca y amapolas
en grandes extensiones,
y aspiraban cocaína hasta intoxicarse
se adormecían, daban carcajadas
y convulsionaban,
decenas murieron de intoxicación,
y se jactaban de drogar a europeos
y norteamericanos,
y tiraban con cuanta charapa se les cruzaba
por un poco de billetes de diez.
Muchos se volvieron aficionados a los bares,
conocían todos los tipos de tragos
y bebían por semanas enteras,
por meses y morían cirróticos,
con delirios de grandeza,
odiando los malditos 80s
donde se perdieron sus vastas fortunas
y se volvieron videntes,
predecían grandes calamidades
y murieron cientos alojados por bares
de dueños de mi generación.
Unos corrieron a abrazar
las ideas del viejo Mao
y fueron engañados,
les fueron lavados los cerebros
para matar a sus propios hermanos,
y mataron hasta que también
a ellos el fusil les alcanzó,
algunos se suicidaron al ver caída la causa
y otros se retiraron a sus escondrijos
a tomar una siesta que les haga
olvidar la realidad,
y no pudieron dormir,
despertaron aquí, allá, donde sea
perseguidos por sus propias paranoias
y maquinaban y sufrían grandes manías.
Otros corrieron peor suerte
migraron e invadieron la costa,
las urbes crecieron,
los pueblillos desaparecieron,
y Lima nunca más fue Lima,
y se establecieron en ella,
y la generación –conmigo–
tristemente se convirtió
en discriminador
de sus propios padres,
luchaban por ser blancos
siendo hijos de negros y zambos,
detestaban a la pobre patria: la sierra
–de mí, mestizo blanco.–
Muchos abrazaron la política,
formaron una gran cúpula
y una mafia para devastar
lo que supuestamente les destruyó,
y todos gritaban: ¡país con futuro!
luego no se les vio en la guerra
fueron otros a defender la patria,
murieron al resistir la invasión
y no se acordaron de ellos
a algunos los desaparecieron,
a otros pocos les hacían desfilar
en paradas militares
para mostrar el producto de las guerras,
y firmaron la paz en sus nombres,
a pesar de que ganamos la guerra
regalaron un pedazo de patria;
muchos se decepcionaron,
salieron a protestar
y desaparecieron al día siguiente.
Y terminamos la década
con escándalos
y una creciente agitación social,
esperamos el inicio del segundo milenio
con desesperanzas y pesimismos;
y como siempre
se nos fue de las manos el hurtador.
No cambió nada –entonces–
ni cambiaría tampoco luego,
los sobrantes de la generación
se echaron de mendigos a las calles
y recaudaban diez, veinte, cincuenta
hasta cien monedas de a sol;
algunos de ellos tomaron una guitarra,
se pusieron una chamarra,
se dejaron crecer el cabello
y consumían heroína y marihuana en todo lugar
donde los pudieran ver,
y se alejaron de la sociedad –vestidos de negro–
y armaban grandes reuniones
de drogas y alcohol en cementerios
a altas horas de la noche,
tiraban encima de los sepulcros
tres, cuatro, diez veces
hasta que no les quedaban espermas,
destrozaban imágenes y esculturas de Cristo
e invocaban a Satán, destrozaban los nichos
y sacaban a los cadáveres,
se convirtieron en grandes demonólatras,
y muchos les daban la razón
– I hate Chacalón–
tenían tiempo aún para matar a la escoria
y no pudieron –y se resignaron a esperar–
y la siguiente generación terminó
abrazando el vandalismo
y el no hay futuro;
los otros pocos se convirtieron
en Testigos de Jehová
y profesaban por todas partes su fe,
tocan puertas y hablaban incesantemente
de la parusía,
y no dejaron de cargar biblias
pasaron años en su exégesis,
envejecieron,
algunos de ellos terminaron por ofrecer
veneración a SAKYAMUNI
y viajaron por toda Asia,
terminaron por creer en el samsara.
Algunos de los que sobraron de la cúpula
y los menos conocidos
terminaron por convertirse en cholistas
y el APRA aún respiraba
–fue una de las malezas que sobrevivió
al holocausto senderista,
más que asombro se convirtió en irrisión–
y la generación aún esperaba.
De los veinte que fuimos
–que en realidad no éramos–
nos convertimos en ciudadanos
–y éramos veinte veces, más veinte y veinte–
y ninguno de esta generación recordó
el pasado;
muchos abandonaron los libros,
algunos se aventuraron a postular a universidades
y terminaron estudiando para educadores,
y desaprobaban cuanto curso podían,
sobornaban a uno, dos, diez catedráticos;
y salían con títulos comprados,
se nombraban en colegios,
y arengaban descaradamente honestidad
a sus estudiantes
se jactaban de haber instruido
a médicos, abogados, ingenieros,…
y armaban grandes revueltas,
protestaban para que les aumenten los salarios
escudándose en la sociedad
anarcosindicalista que habían creado,
y esta generación se arruinó.
Los que sobraron de la generación
se convirtieron social-demócratas
y se transformaron en compositores
de música y letras proselitistas
que mezclaron
con ritmos musicales extranjeros
y aparentaban ser chauvinistas,
etnocéntricos –no importó–
terminaron por confundir
a sus contemporáneos.
Y quedamos todos antes de los 90s
–nos encontramos sin querer
en el siguiente milenio–
Terminamos confundidos, perdidos
en nuestras propias ideas,
en nuestras propias ciudades
y sin imaginarlo terminamos siendo la
‘Generación Perdida’
PRIMERA MUERTE
Para Miriam recostada dentro de un ataúd (de verdad te veías graciosa).
Hace veinte años –que estoy casi muerto–
mi nombre ya no es Andrés,
mamá me cambió el apellido
no entendí nada –entonces–
tampoco ahora –a los veintisiete–
no tengo pasado,
mi presente es ficticio,
–no hay futuro– para tipos como yo,
He muerto antes de llegar
a la primera década,
mi padre jamás fue mi padre
y mi madre se convirtió
en simplemente una apoderada,
mi apellido no tiene raíces
–no tengo cepas–
No lo he entendido en más
de veinte años:
–mamá… o quién sea, estoy sólo–
nadie es dueño de mi apellido,
nunca nadie ha sabido
de mí antes de los siete.
Mamá o quién haya sido
falleció hace dos días
y desde entonces pregunto
a todos los que pasan por el andén
y me saludan:
–si me conocieron antes de los siete.
DE LO QUE NO PUEDO HACER
(Cuando es difícil hacer poesía)
Dicen que no puedo hacer poesía
que no puedo mostrarte readoración
en mis letras,
te lo dijeron –lo sé–
pero –espera un poco–
no sé hablar de rosas o claveles,
o de esquelas…
pero deja caer las patas
de la mosca sobre la miel,
o sobre el pan que estás a punto
de morder,
imagina el entusiasmo, el ímpetu
con que se deja caer sobre el pan
a pesar de que un verdugo vigila
sus movimientos;
¿acaso es testaruda la mosca?
y se deja morir por un simple toque
a la masa cocida o por posarse
en el producto de su congénere;
–soy yo la mosca–
Que sé, que si me aferró a ti
podría morir –de amor–
y sin importar mi desaparición
te amo con ímpetu
y si mis letras no son poesía
pues te redoro con eso que es poesía
y que es inalcanzable para mí.
BIO/BIBLIO:
Luis David Puris Anco (Junín – 16/7/1987), actualmente es un don nadie; ha dedicado gran parte de su adolescencia a experimentar cosas casi desaforadas (alucinógenos, sexo, alcohol, Rock y la lectura y admiración de los grandes de la ‘Generación Beat’). Como todavía escribidor (es tan largo el camino para convertirse en escritor) se desarrolla en Cerro de Pasco, integra el grupo literario “Sociedad N.N.”
Tiene preparado una colección de cuentos inéditos (que no ha podido publicar por motivos no ajenos a sus bolsillos) reunidos bajo el título: “TALISMÁN CONTRA TODA CLASE DE MALES.”
MENCIONADO POR:
Giancarlo Morales Perez
MENCIONA A:
Elizabeth Crisóstomo Prado, Cecilia Campos, Ruth Carolina Araujo Carbajal

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