Selenco Vega




POEMAS:


REBECA

Rebeca, la mujer de Isaac,
tiene sentado sobre su regazo al pequeño Jacob,
que mira de medio costado a los espectadores,
en el cuadro.
Cerca de ellos, Esaú, el primogénito,
juega con unos corderos y una honda,
bajo la atenta vigilancia de la hermosa madre
bíblica.
En un rincón, tres cántaros y una tinaja
delatan la proximidad del baño.
que a estas alturas sólo puede ser un signo más
que selle el pacto íntimo entre madre e hijos,
la comunión de un amor que atraviesa los años
y no se lava con el agua,
que más bien se ha de bendecir con el agua de los
cántaros
cuando humedezcan dulcemente los pequeños cuerpos
que ahora tiemblan, henchidos de seguridad
al amparo de la madre de los senos amplios.

Rebeca, la mujer de mi padre,
vierte con cuidado el agua sobre el cuerpecito
de uno de sus hijos; mientras tanto
mis demás hermanos
-muchos más de dos-
retozan cerca de ella, que no los pierde de vista:
parecen recién salidos de un cuadro.

DE: Casa de familia. Lima, Editorial Los olivos, 1995


LA DESPEDIDA

Un estrépito de platos rotos y cubiertos en caída
enmudecen la reciente evocación de nuestro tío muerto:
una alacena de dos cuerpos que el mismo levantara
con sus manos rudas
-eran tiempos de recién casado, se recuerda-
se va desmoronando lentamente, aquejada por una fatiga
de años,
derramando gruesas lágrimas de polvo amarillo
sobre el suelo.
“Es que como las hizo el Lorenzo –comenta tía Blanca,
su mujer-, las cosas se están terminando…”
Dicen que lo mismo sucedió con la cruz de mi abuelo,
allá, en los viejos tiempos de mito.

Eleodoro Jácome, zapatero de Carhuaz,
posa con mi abuela en la fotografía,
meses antes de su muerte.
días antes ha cortado la madera más fuerte
para hacer una cruz y conversar tranquilamente
con los muertos de su infancia.
Días y noches, sin señales de fatiga,
Eleodoro Jácome, zapatero de Carhuaz,
da vida a las formas de un Señor de Mayo
inertes,
las adorna con la gracia propia de una comunión extraña:
la de presentir su propia muerte dentro de los muertos
que recuerda.
La cruz es terminada antes del plazo previsto,
y es tan bella como el resultado por él previsto.
Hace apadrinar su obra en la iglesia del pueblo,
para regocijo del cura, que comenta asombrado
los ojos del Cristo, notorios aun en la penumbra.
Eleodoro Jácome, zapatero de Carhuaz,
deposita la cruz en un altar improvisado
dentro de su propia casa.
No tiene mucho tiempo para honrar la memoria
de sus muertos, sin embargo,
como era su deseo reciente de artesano de cruces;
pronto sus antepasados lo arrebatan a él,
que muere como siempre lo temía: inesperadamente,
víctima de un mal que le devora las entrañas.
Dicen que la cruz, la del Cristo de los ojos vivos,
se fue apagando también,
y a los pocos días era una sombra negra que se confundía
en la penumbra,
entre flores que se marchitaban antes del plazo
previsto por mi abuela.
Un día, la cruz se hizo pedazos contra el suelo,
y aun todo el altar,
dejando ver un interior prematuramente devorado,
un adiós en forma de minúsculos granos de polilla.

El relato nos devuelve por analogía a nuestro muerto
más reciente:
la confesión ha originado la incredulidad
en los más jóvenes de la familia,
y en los mayores aun la evocación de otros hechos
curiosos
(Entretanto, la alacena que el hermano de mi padre
levantara con sus propias manos continúa derramando
en polvo amarillo
su silenciosa despedida final).

DE: Casa de familia. Lima, Editorial Los olivos, 1995


JUEVES SANTO

Jueves santo. Hoy he querido repasar la Biblia, madre; no era aquel acto ingenuo de amor, por cierto, aquel acto infinito que, de niño, tú impulsabas con palabras graves de matriarca. Hoy la Biblia ha sido, en esas duras páginas donde tus manos algo habrán dejado por hacer, el espacio expiatorio de unos hombres que también erraron, la conciencia atormentada, colectiva sobre la cual, como un soberbio Dios hecho de ruegos y latidos amargos, se fue asentando esa diosa mayor: Sabiduría.

Jueves santo. Ahora sé de donde vino tu rigor, terca matrona: tú no puedes destruir un pueblo si te falla, ni la más remota casa que erigiste, pero un temor oculto te consume desde antes: los espectros del Gran Libro Blanco, ésos que circulan cotidianamente con el sello de una gran vergüenza en marcha, de una culpa inexorable que tú esperas prevenida de respuestas, de recursos prodigiosos que aún te dan sentido ante nosotros, que aún te hacen infalible.

DE: Reinos que declinan. Lima, Signo Lotófago, 2001


VISIÓN DE LA CONQUISTA

I

El cuadro que se precipita a nuestros pies
parece atravesado por un halo
que lo torna único, India;
lo entreví al ingresar los dos al aposento
y ha caído sin excusas ahora, confundiéndonos,
trayéndome la imagen virtual de una descripción
anónima española del siglo XVI,
transcrita hace algún tiempo en mis apuntes:

...Y es de notar en tal crestiano, que a su cargo y para su servicio tenía tal pareja de indios —varón y hembra—, que al premero le ordenaba ir temprano a las labranzas de la tierra, ora a un riachuelo cercano y de natural cargado de oro en piedras. Y una vez vuelta la noche, he aquí que el susodicho indio debía dar cuenta de sus actos a su señor e amo, rindiéndole tributo; y si adecuados, érale permetido dormir entre cadenas bajo la misma cama que una vez fue suya, e donde el tal crestiano arremetía cada noche usufrutuando los favores de la india a su servicio, para mayor humillación del indio...

(Así también debió irrumpir el godo
Eleodoro Jácome la madrugada fría de mi origen;
así también debió irrumpir, amo y señor
de todos los colchones de Carhuaz,
precedido por un rumor violento de caballos en la
noche,
poseído por esa fuerza insólita, carnal,
que doblegó sin remedio a Teófila Mallqui, mi abuela,
la india que tradujo en quechua el dolor inicial
de su vientre.
No hubo un cuadro que grabara aquella noche
la conquista, no hubo oro, ni piedras alumbradas
por otros ojos que no fueran los de Teófila Mallqui,
ni el espectáculo de algún desplazado sin rostro
durmiendo bajo su colchón: el solitario espectador
de una batalla
que ya nunca le pertenecería por completo.
Sangre, lodo, deseo, excremento en aquel aire
levemente podrido —contó alguna vez mi abuela—
sustituyendo aquella noche su primera noche sorda,
su primer vagido de pasión.)

II

Hay una duda que me inquieta sin remedio, India,
mientras logro sostener tu cuello
que se aleja en una despedida propia de ti,
mientras mi tórax
se sumerge en un lugar de piernas y de senos;
hay una duda que tú debes resolver,
antes aun que tu pelo se disuelva
en esta confusión de manos que te quieren,
de esperpentos mágicos, multicolores:
¿Has oído como yo un rumor de armaduras,
de vientos levemente podridos que se acercan
para violentarte, para fastidiar mi equilibrio?
(He sabido de un fragor, India querida,
traspasando mi piel, y traspasando el colchón
hasta ese grito sin tiempo donde abuela Teófila
y el godo Eleodoro Jácome no cesan de fundirse,
sexualmente lívidos, difusos.)
¿Has visto ya bajo el colchón, por si un extraño mira?
Dilo pronto, si es que aún se encuentra allí:
¿Es parecido a mí, él se parece...?

DE: Reinos que declinan. Lima, Signo Lotófago, 2001


EL CASCO DEL ESPAÑOL

El sonido metálico es breve y agudo: un chirrido que más me parece ahora llanto, lamento cifrado en lenguaje de óxido mientras rebotas tumbado a nuestros pies.

Tú ya no eres más el casco: nuestro casco tenía poderes de mago, podía rotar libremente por todos los rincones de la casa, su ruido al caer era rugido de tigre, sonando y llamándonos a una sutil reverencia de manos.

Qué habrá sido del casco, aquel con el que trepaba muros por la vieja Carhuaz, con el que llamaba la atención y el miedo de la gente, de los otros, los ajenos a la casa.

De todas las reliquias eras tú la imponente, la de la ley del miedo, el señor incorruptible que nos helaba la sangre al rodar, o al tronar libremente por las noches como si fueras la vida misma, el guardián que no descansa.

De todas las reliquias eres la que menos reconozco al volver: ha cambiado mi voz, pero tu voz sigue intacta. Qué ironía del destino, casco: Tu voz no era rugido de tigre, era apenas este ruido breve y metálico que sin embargo nos hacía temblar, Qué desconcierto saber que mi voz ha cambiado y que tu voz permanece: infantil y quejumbrosa, con tu ley poderosa a merced de mi ley.

Sólo que mi ley es discreta y retozona, y mi voz de mayor te repite que no lo lamentes, que no eres tú el que ha cambiado, casco, que apenas cambia el resto, nosotros, los que ahora te observamos risueños y recordamos entre historias de familia tu perdido esplendor.

DE: Reinos que declinan. Lima, Signo Lotófago, 2001



BIO/BIBLIO:

Selenco Vega (Lima, 1971). Es profesor de Humanidades en la universidad de Lima y en la universidad San Ignacio de Loyola. Se licenció en literatura por la universidad de San Marcos, con una tesis sobre la poesía de Carlos Oquendo de Amat. Ha cursado estudios de maestría en literatura latinoamericana. En 1994, obtuvo el primer premio en el concurso nacional de poesía "César Vallejo", organizado por la Universidad de San Marcos. En 1995 ganó el primer premio en el concurso de relatos "El cuento de las 1000 palabras" organizado por la revista limeña Caretas. En 1999 obtuvo el primer premio en el concurso nacional de poesía "El poeta joven del Perú". Ha publicado los siguientes libros: Casa de familia (poemas), en 1995; Parejas en el parque y otros cuentos (1998) y Reinos que declinan (poesía) en 2001.



MENCIONADO POR:

Alberto Valdivia

Martín Zúñiga

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