Maverick Díaz




POEMAS:


Interpelación

Y yo te interpelo:
nacerás con la aurora
y acercarás a mis labios la hogaza de tu vientre
tu nobleza, un corzo de bendiciones
y una corona de luces.
Especie de pliegues y cabellos
de cetros en las cadenas que cobijas
y por muslos el crisol muelle
esperarás en la noche, desliz proveído.

Nacerás con el alba, en el aplazamiento de la frescura
caminando, podrás desnudarte en la claridad de los cuerpos
mirándote el villorrio, el bosque
en las ciudades libarás las palabras de la tertulia
y escupirás el alcohol que te redime como un banco de arena.
Los árboles te verán recorrer sus pies
y tratarán de quitarte la creencia
moliéndote de sombras y de viento
pero el mismo viento dirá que son amantes
y que suponen un arco bondadoso.

Verás los ojos invadidos por el agua
las personas descargarán vendimias en sus testeras
los nacidos en el pasto, de animales que claman a la lluvia
las lágrimas en el acíbar compás
por haber caído de alguna parte del tiempo
lavarán las corazas de las bestias, tristísimas sirenas.
Pronto llegará el olvido, ser
individuo imperdonable e incastigable
te amarán, si existe ese sentimiento en el ámbar
y los habitantes de la tierra más pequeña
los que hacen de ella su hogar
el recinto de sus vástagos
serán esculturas de un ojo obnubilado.

Ya en la obscuridad
antes del nacimiento de cualquier burgo
visitarás mi guarida
antes de escapar a la tiniebla y volverte
de un pastor que le reza a los astros
el recuerdo entre herbajes, entre ovinos.

* * *

Amanecer

Despierta el mundo, extraviada amante.
Por las lumbreras de la ruina se alza
la hija de las edificaciones,
campesina que derrama el pedernal de su voz
emergiendo su sexualidad en lluvias
para la bola grandiosa de lumbres.

Y el álveo brillante de sierpes
me guía bajo el son de las aves
hacia los resquicios de la parca
en el lago del temible Polifemo
Hefesto sin piernas
me persuade de que lave sus esfínteres/ rayos de frío y sudor
que desayuno en reemplazo de bestias castradas.

Hace ya tiempo que la luna vive en el santuario
y que las vidrieras y jazmines son ramilletes de júbilo,
hace instantes he jurado ver la oscuridad
para luego asombrarme de lo claro
que es para los conserjes acá en Lima:
un geranio huérfano es su revelación grande

Se los comerá el universo con su muela dorada
y ellos seguirán perspicaces
en los estómagos del frívolo,
una mano ensangrentada abrirá el portal que tornará en aire,
y estaremos mutilados los diurnos por la sensación de calor,
las penitencias de la hierba
que danzan con el pastizal
habrán de ser bailes para auroras que sobren en el inventario
y bañado con la gracia de la especie
yo voy en busca de animales
para ofrendar su sangre en ceremonias y en tabucos

* * *

La Virgen

Noche de otoño que pueblas las miradas de los espíritus
dichosa, has encontrado en los nimbos de mercurio
envejeciendo los rosales de un triste pordiosero
a la mujer que el hombre idolatra con la inmediatez de la libido.

La vía láctea, la persona de los fenómenos
provee, a los ciudadanos, la abstinencia un poco
y es más que el olvido, el relieve del hambre
sobre el arcano pañuelo que su himen regenta.

Los soles no producen el calor de los cuerpos que luchan
taimado instinto, ¡oh! necesidad de concretar lo oscuro ciertamente
de las lanzas del cuerpo, tiranas de los brazos y airosas mediadoras
aquellas que nacen para brindar la sinrazón del poder.

Apareces, desde el fondo del mar, ardiendo de fiebres desconocidas
e invades las cubiertas, los arneses destruyes en tu dictamen, las armaduras
que, un momento después, en tu imagen duermen como una latencia
y tu lujo es lo que persiguen los héroes de las vidas difuntas

Desde luego, pródiga que Neptuno no pudo
vencer con su jamelgo, detrás de peces dorados, ebrios de coral
clavándose sin arrojo en tu piel de aguamala, tus cuerpos
bendito sea su olor, pues eres un perfume atribulado.

Criatura, que tienes al lado de tus chinelas un palomar
al dios que ha venido para verte nacer de la hierba
absorbiendo los sombreros de los níscalos, que adoran tu abundancia
que de tus lágrimas, cuando ríes, esperan el cáliz de la persistencia.

Verdadera ave, íntimamente ducha en el manejo del cosmos
generas en la piel el caminar de los astros, que hoy en día
son pequeños objetos, pilares de tu oratorio, en el que nunca duermes
pues las vírgenes descansan en la boca del Endriago.

Deambulas tétrica bajo la clámide, negado calor hipando
devorando ciudades que se inventan en el embeleso
e invades las olas del mar y las níveas crestas
que son el alimento de los garañones, de la lujuria madre.

* * *

Poema del caminante al idilio

La sombra eternamente envuelve tu vestigio, marcado por olas
de tierra baldía, por flores en el abismo de la caducidad
por voces de pájaros que lloran inundando el mundo.
Yo, que me aplomo, y me convierto en una piedra
al ver tus cabellos en un manantial glauco
no añoro, pues, el holocausto de mi ruego
que en mis memorias he alisado con el cariño
de un patriarca que a su grao rinde su sentencia

El cielo, las nubes cobrizas, a dónde irán a morir cuando tu ser
lo permita, en qué lugar de tus ojos esconderás mis bosques
bajo qué lunas, tu cuerpo será la sal de los bajeles
yo, que observo la vida, me permito distinguirte
manchado de selva, hablando con las noctámbulas hojas

Y el plenilunio, en las terrazas, disfraza el océano de tu exceso
paliándolo con un cigarrillo.

En el légamo, con tus manos me preguntaste
arrastrándome a tus ojos, qué es aquello que discurre de tu boca
como un retrato que no vio la luz
y tu donaire, tu vestimenta, fueron el reflujo del aroma,
como mi voz que resbalaba de los ecos de las montañas y
no de mi consternación, era, entonces, el pesimismo de quien se salva de a muerte
el retrato de la perspicuidad, nuestros cuerpos embestidos por el viento
en los males, dentro de mis huesos silenciosos
seguí mis pasos en las sendas escabrosas de múltiples cabalgaduras
sobre febriles espadas, bajo qué rayos en la tormenta
que el adoro, de mi voz a tu voz, esta vez de lluvia
busca el inicio de un vaivén circular
y se cascara en los árboles embriagados
en las estaciones de un humano que en silencio grita y rasga su piel.

La sombra que circundaba tu cuerpo
un eclipse para apagar las entradas
tal cuales, un astro que versa sus figuras
como una música, expresando una voz que toca
que despide efluvios para conservar la gracilidad
la menuda laureola de una esfinge.

Y el sol se esconde en los arbustos, tras las montañas
envuelto por las blancas nieves de los piélagos
de los árboles que agasajan un cristal
nuestras risas en la fiesta de la madrugada
cavando un pozo en los vacilantes castillos
en la misma flora que nos provoca la incertidumbre.

Y nos movemos como en la muerte,
en el acto que depositamos para esta dimensión ida
como ese crepitar que hoy desciende de los rizos
sonriendo, como en las rutinas, que en cualquier gesto
inspiras un canto, un verso, un silbido de paloma agonizante
el sino en tus encarnaciones debes, más que al andar,
a la borrasca del horizonte.



BIO/BIBLIO:

Ica, 1988. Estudia en la PUCP.



MENCIONADO POR:

André Cazudgg, Lucia F. Prada



MENCIONA A:

Juan Calderón

Martín Zúñiga

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