POEMAS:
(Hombre llenándose de polvo)
Hablar al muerto de la muerte
cuando el tiempo
desata alguna fibra de sombrero
delante del cabello y del
semblante
aunque la vergüenza sea tanta
la vergüenza
es siempre necesaria
allí donde perece la ilusión
el filtro que recoge la pureza y
el misterio
para llevar al cementerio
el féretro colmado de olvido
diciendo del olvido que está
lleno de miseria
porque nace
y vuelve simplemente a ella,
trepando con desesperación
el precipicio
inclinándose hacia abajo
saludando
el mejor rostro del abismo
haciendo adiós
con la mano depurada.
(la multitud asciende hacia tu casa)
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle
hondo, escuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal
seguro?
Fray Luís de León
La voz de la muralla
proyecta nuestras voces sobre el cielo,
escribe silenciosa nuestro rastro
girando sobre el mundo
y
nuestros sueños:
la imagen que da vueltas nos hablaba
en ciénaga de cal e invernadero,
haciendo polvo el habla y acallando
el sino del dolor que escucha el viento.
Ya nadie nos espera en la montaña
unido a nuestros pasos, nadie espera
ni arredra entre las manos, el misterio
mitigando el dolor, aquello que no habla
y agita la memoria por adentro:
por ti que vives tras los cuerpos
detrás de las palabras
la multitud asciende hacia tu casa
presintiendo
no alcanza la esperanza
en estos tiempos
y el sol en la mirada
repite a la distancia
la mácula de orígenes y miedo
y ahora de la nada
—arcadas por adentro—
se quedan las palabras
vacías ya sin tiempo.
Mira la montaña iluminando
el rebaño de dios que está ascendiendo
saltando de las lindes a las lindes
la coda de camino más agreste
el ojo de la nada en que me observo.
Pensar que estaba solo presintiendo:
viniste aquí a posarse frente al ciego
que cree en tu mirada y sin embargo
no deja de girar sobre el desierto
poniendo allí tu pausa, en las palabras
que giran en su voz, como un espejo.
Los pies las manos nadan
en
medio del sendero,
tu luz cuando apareces de la nada
reviste en el invierno
el cerco nebuloso del deseo
el agrio resplandor que en mí no calla,
la sal que nos recubre de comienzo,
que sostiene de lo alto una palabra,
un cerco que divide lo terreno:
los pobres los incautos se distancian
llevando más allá
lo que no es nuestro,
la esfera que devora la esperanza
eleva sutilmente nuestros cuerpos,
los ojos y los pasos nos engañan
arrastran la corriente en el silencio
y yo que no poseo
más nada sobre el cieno
levanto la mirada presintiendo
una línea sobre el monte
es el ascenso
un hilo de señales
y proverbios
siguiendo lentamente lo que acallan
las horas de dolor sobre los huesos
y tú no dices nada de los cuerpos
ahora solo ladras
dejándonos postrados en tu templo
el cuerpo sobre el cuerpo inanimado
la carne la
mirada decayendo
laberinto de señales advirtiendo
que puro tu rebaño en el ascenso
el sueño de caer desde lo alto
y cuan impune uno
se aprovecha del miedo
del vuelco de la calma
entre los sueños
y todo lo que ha sido
y lo que vemos:
el limpio y simple cielo que contempla
como nos sucedemos.
(fuga)
Salí satisfecho y, sin embargo,
esas palabras me siguieron mordiendo,
multiplicándose en silencio.
Sófocles
—De pronto me cansé de girar
sobre este lado de las cosas:
la pared llena de imágenes
los cuadros de instantes que se incendian
tan harta de internarme
debajo de las mesas
tan solo oscuridad sobre la noche,
un hábito fantasma que nos lleva
de pie hasta el recinto mismo
donde la paz inanimada aqueja,
y un cuerpo replegado allí en sus límites
sometido ante los bordes de la niebla.
La casa vacía me silencia
y todo en mí se enciende
ya no resisto habitarme
donde nada de
mí me pertenece.
Por eso salgo a buscarme, aquí
no estoy
nada tranquila;
ya te lo
dije, sufro la falta de espacio
y cuando
eso sucede prefiero
en la
ciudad perderme o escuchar
el sonido
del mar y las piedras.
Tanto me
cuesta volver, que ahora no puedo,
no me
atrevo a dejarme llevar por esas
sensaciones,
así que prefiero reemplazarlas.
Con un
viaje siempre encuentras algo nuevo que sentir
y ves
como todo pasa o se queda,
pero de manera pasiva.
—Eso es mejor a veces, evitar
las sensaciones violentas —cuando resplandeciente
una sombra inunda al otro, mientras ella
desde adentro intenta decir después de todo
cómo en trampas que nos juega la suerte
hay hábitos de furia y de miseria
y una suma al decir que nos arrastra
pero nunca afuera; eso que se dice un trompo,
la acumulación de absurdo y angustia en la cabeza—.
—Mientras sueño el mar me inunda, todo afuera
permanece completamente estable, una respuesta
a mis ganas de escapar, de salir de inmediato
pero también lentamente, sorda a la necesidad.
No se lo que busco cuando presiento el agua
de la mañana el sueño separando, la mirada
y el contacto de mis ojos cerrados
hurgando en mi cabeza,
un retorno constante al agua siempre
un no ser de los límites renueva
—pero siempre perseguido y solo—
ese sueño del que nadie despierta:
puro miedo y vacío ascendentes
más allá de todas las fronteras
puro miedo y vacío de decir
con los límites al hombro
y en el medio de la niebla está uno solo
aunque lo ajeno adentro
y aquí
aquello que me inunda
y me reclama de vuelta.
—Puedo intentar otras cosas, es perfecto
para empezar todo de nuevo…
—Haz lo que quieras con eso.
Si te lo digo ya no es mío.
Lo único que llevo de aquí son mis dudas
—sería muy bonito sentirlo así de paja—
De Las ilusiones (Inédito)
*
Y uno es mínimo ante
el mar, uno es mínimo siempre,
pero nos gusta decir
siempre sobre especies lejanas
y nadie nos detiene
en eso. Tal vez sea el sentido común
por repetido o
inmóvil, imán para la separación
de lo que esperamos
sea, en la retirada de la marea,
el viejo viento
helado que fuga con las insinuaciones
de un deseo escrito
en mayúsculas en los poemas.
Uno siempre aparece
aislado para cualquier visión,
bajo el pulso de
fotones cortando un crepúsculo
donde tanta luz
negada se hace huella. Elegida una línea
cualquier epifanía
dice canciones que ya sabemos:
las orillas limitan,
el día tiende a la noche,
la bruma sucede a la
claridad que proyecto;
colores sin lenguaje
que se van apagando
hasta el dominio
absoluto de toda la quietud.
La brevedad asoma,
el mar no me consume
aunque pudieran las
olas destruir mis sueños,
flores que se
derriban de tanto acariciarlas
en el hielo de
emociones impuras y mínimas
que la corriente
apaga en miedo al interior.
*
Perseguir los restos
de uno mismo en las huellas
del vuelo posterior
del polvo sobre las casas
que coronan el
cielo, el mismo sol de siempre
albergando los
restos de la corriente seca,
plena de luces
otoñales discurriendo al vacío
que puebla los
espejos. Todas esas hojas doradas
sobre el banco de la
corriente ida a la sed del mar
mientras el canto
del chotacabras deriva en agüero,
haces de luz viajante,
bruma visual pintando rayos,
soles disecados
apagándose en la humedad del cieno,
ecos de estrellas
lejanas para nombrar lo que cambia
y no perder el
lenguaje en la instancia de un recuerdo
siempre mayor que la
roca, clavada en un paisaje
tallado por el ojo,
semilla en un sendero del río
a la cascada; y
luego el impulso de postración
y
la fuga de las hojas amarillas, el sudor, el viento.
BIOGRAFÌA:José Miguel Herbozo (Lima, 1984). Ha publicado Acto de Rito (Colección Underwood, 2003), Catedral (Estruendomudo, 2005), Los ríos en invierno (PUCP 2007), Premio Nacional PUCP de
Poesía el mismo año, y El fin
de todas las cosas (Celacanto,
2014). Bachiller en Literatura Hispánica por la Pontificia Universidad Católica
del Perú (2007) y Master en Literatura Latinoamericana por la Universidad de
Colorado–Boulder (2012), ha sido coeditor de narrativa en Estruendomudo entre
2004 y 2009, y codirige con Paul Forsyth el sello Celacanto. Trabaja en dos
libros de poesía y cursa estudios de doctorado en Literatura Latinoamericana en
CU Boulder.
MENCIONA A:Ethel
Barja, Christian Briceño, Mateo Diaz, Manuel
Fernandez, Paul Forsyth, Alvaro Lasso, Diego Lazarte,
Romy Sordomez, Elio Velez, Denisse
Vega, Martín
Zuñiga


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