POEMAS:
Programación espontánea
Vivimos en una era posmoderna
dominada por la tecnología,
la cual se muestra como el
engranaje de nuestro comportamiento,
ahora no reaccionamos por
instinto, dejamos de ser animales
para convertirnos en máquinas
programadas e incapaces
de evaluar soluciones
alternativas frente a cualquier inconveniente,
frente a cualquier percance en
nuestras monótonas vidas,
porque carecemos de encanto,
carecemos de júbilo,
carecemos de aquello que alguna
vez llamamos humanidad.
Poema para ser leído en medio de
una crisis existencial
¡Ah, la vicisitudes de la vida!
¡Dichoso sea quien pueda predecir
su destino,
pues solo así su depresión será
tan espeluznante
que recurrirá exclusivamente al
suicidio!
Inservible
Soy el genio de los
áridos desiertos
El ilustrado del
fondo de los mares
Un instruido en
desocupados huertos
Aquel sabio rodeado
de amplios glaciares
Efigie del más culto
para recién despiertos
Erudito me aclaman
personalidades dispares
¡Inútil ante el
mundo, inútil ante mí!
Soy el espejismo de
un ser fructífero
Encarnación de un
primate indolente
Propietario de un
ingenio mortífero
Reflejo de un bicho
soberano
Invadido por una
tristeza saliente
Extenuado por un
Narciso marrano
¡Inútil ante el
mundo, inútil ante mí!
Soy pereza de sueños
encumbrados
Ociosidad de
sujeciones dadas
Vagancia de
horizontes bizarros
Haraganería de
siniestras hadas
Holgazanería de
fútiles deidades
Necia desidia de
campos estériles
¡Inútil ante el
mundo, inútil ante mí!
Soy la hojarasca de
la bondad
Soy desdicha en la
decencia
Soy lujuria en la
castidad
Soy masacre sin
penitencia
Soy codicia en la
sencillez
Soy falacia en la
honradez
¡Soy el homúnculo de
la desesperación!
¡Inútil ante el
mundo, inútil ante mí!
Oda maldita
I
Ustedes,
descomunales,
socavan sus versos
en mí,
tal cual mantis
hembra
engulle a su símil
macho.
Ustedes, fastuosos
seres inmortalizados,
enaltecen mis
manuscritos,
mis paupérrimas
estrofas.
Ustedes,
inalcanzables,
transmutan toda
lírica
antes consignada.
¡Oh magnos
vanguardistas!
II
Un alba espiritual,
una orgía parisina,
un paseo sentimental,
una brisa marina.
¡Oh miríficos vates!
¡Sus majestuosas
creaciones
son dignas de
aclamación!
¡Alabados sean,
maldecidos!
Me declaro devoto
de su inexistente
religión.
Me proclamo presumido
al vislumbrarme
sucesor.
¡Oh, maestros,
compadézcanse
de este desdichado
imitador!
III
¡Oh poetas malditos!
¡Oh ilustres
simbolistas!
Iluminen mi
perspicacia,
erradiquen mi
trivialidad.
¡Oh Baudelaire! ¡Oh Rimbaud!
¡Oh Verlaine! ¡Oh
Mallarmé!
¿Cómo alcanzar su
grandeza?
¿De cuántas vidas
mías se precisarían?
¡Sálvenme, resido en
un planeta rancio!
¡Sálvenme, soy un
artista relegado!
¡Sálvenme, mi
soledad es absoluta!
¡Sálvenme, se los
ruego!
La ninfómana
Érase una vez una
pequeña niña.
Su inocencia cautivaba hasta a los más nefastos seres.
Nadie hubiese imaginado el cruel destino que le esperaba a este encantador ángel.
¡Ay, pobre de ella!
El primer amante esperó décadas para ser uno con la musa.
Así, después de tanta insistencia, la infante accedió a su plegaria.
Nadie hubiese imaginado las consecuencias de este fugaz encuentro.
¡Ay, pobre de ella!
Desde ese momento, ella le imploraba amor carnal.
Él la complacía y, al mismo tiempo, se aprovechaba de su deteriorada inocencia.
Nadie hubiese imaginado que aquella ninfa dependería plenamente del coito.
¡Ay, pobre de ella!
Pero el amor no es eterno, y él desistió de deshonrarla.
La gula sexual de la rapaza era insaciable, se despojó enteramente de su pureza.
Nadie hubiese imaginado que la tildarían de ninfómana.
¡Ay, pobre de ella!
Pues en menos de dos meses se acostó con más de un centenar de hombres.
Sin embargo, ninguno de los desdichados logró complacer su incontrolable lujuria.
Nadie hubiese imaginado lo miserable que se tornaría su vida.
¡Ay, pobre de ella!
Incluso su trastornada mente considero experimentar la zoofilia.
No obstante, optó por la más bella de las muertes: el suicidio.
Nadie hubiese imaginado la fatídica decisión que escogería.
¡Ay, pobre de ella!
¡Pobre de mí que tuve el descaro de desvirgarla!
Su inocencia cautivaba hasta a los más nefastos seres.
Nadie hubiese imaginado el cruel destino que le esperaba a este encantador ángel.
¡Ay, pobre de ella!
El primer amante esperó décadas para ser uno con la musa.
Así, después de tanta insistencia, la infante accedió a su plegaria.
Nadie hubiese imaginado las consecuencias de este fugaz encuentro.
¡Ay, pobre de ella!
Desde ese momento, ella le imploraba amor carnal.
Él la complacía y, al mismo tiempo, se aprovechaba de su deteriorada inocencia.
Nadie hubiese imaginado que aquella ninfa dependería plenamente del coito.
¡Ay, pobre de ella!
Pero el amor no es eterno, y él desistió de deshonrarla.
La gula sexual de la rapaza era insaciable, se despojó enteramente de su pureza.
Nadie hubiese imaginado que la tildarían de ninfómana.
¡Ay, pobre de ella!
Pues en menos de dos meses se acostó con más de un centenar de hombres.
Sin embargo, ninguno de los desdichados logró complacer su incontrolable lujuria.
Nadie hubiese imaginado lo miserable que se tornaría su vida.
¡Ay, pobre de ella!
Incluso su trastornada mente considero experimentar la zoofilia.
No obstante, optó por la más bella de las muertes: el suicidio.
Nadie hubiese imaginado la fatídica decisión que escogería.
¡Ay, pobre de ella!
¡Pobre de mí que tuve el descaro de desvirgarla!
BIOGRAFÍA:
Stephan Enríquez
(Lima, 1994) es un joven poeta y
narrador, si se puede considerar como tal a alguien que solo ha ganado los
concursos literarios de su escuela y que aún no ha participado en algún
certamen nacional o internacional. Estudia Ingeniería Industrial, pero
considera la literatura como su verdadera pasión. Ha publicado dos eBook: Diminuta Antología (Bubok, 2014) y Prosas inmaduras (Bubok, 2014). Sin embargo, tiene en
su haber dos poemarios inéditos que planea publicar en formato físico.
MENCIONA A: Carlos
Germán Belli, Rodolfo
Hinostroza, Arturo Corcuera, Marco Martos, Hildebrando Pérez Grande, Mirko
Lauer, Enrique
Verástegui, Carmen Ollé,
Jorge Pimentel y Tulio Mora


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