Fotografía: Oscar Limache
POEMAS:
LECCIÓN DE COLIBRÍES
Hay un jardín de tantos colibríes
que ya es el reino del puro movimiento
verdecoloradoazul donde si hay
flores más parecen labios que se
ofrecen
mientras ellos
tiemblan peregrinos como son
hijos de los inquietos besos
sacudiéndose
nieves, huracanes, malos vientos
que eludieron en su larga travesía.
¿A quién no le destroza el corazón
que esta poquita biografía viaje
12 mil kms solo para amar
llegando en olas incesantes, remontando
las mareas,
los pronósticos del tiempo, las mudas
de la luna
y a todos dándoles la contra, los muy
tercos,
yendo siempre al sur y siempre sin
errar?
Esta es una deuda
instalada en la física del sueño que
llega
a pesar de dudosas o catastróficas
noticias,
que atrae los polos del planeta, aún
más épico porque
no traen más maletas que sus plumas
y jamás desde que el día ha sacudido
sus errores
renunciaron a perderse el largo viaje
del amor
sin pasajes, despedidas y tampoco
pasaportes.
Solo disponen de sus alas cuando además
en mancha nos sombrean por el celo
de la especie que apresura muy puntual
las estaciones
y aun con trampas llegan más veloces
que todos los aviones simplemente a ser
felices
con sus bellas picaflores / chupamirtos
y su
tribu de chillones colibritos
procurando para ellos agua, sombra,
árboles y nidos
tanto trabajo en una misma ruta
sin brújulas, satélites ni drones
estremeciendo los paisajes igual que
una madrugada de verano,
inquietamente guapos como son cuando
enamoran
a sus chicas lanzándose suicidas
y luego rebotando sobre nubes o
casuales vientos.
Y ellas que los ven
deseosas tras campánulas
moradasverdelimoazuldePrusia
esperando el beso néctar de sus largos
picos.
Porque juntos volaron toda esa
distancia para amarse
sin aduanas ni policías antidrogas.
Más allá o más acá de la belleza
lo que existe es esta afanosa
obligación
que llamamos vida por solemnes
cuando solo es amor, las puras ganas
del amor
sacudiéndonos las alas, reescribiendo
el único
dictado del perfecto sueño.
¿Importa lo demás si este es
el único poema que alborota el jardín?
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)
EL BIG BANG
DE LOS DESESPERADOS
Cuando eras
guapo y delgado podías entrar en la casa de un famoso ingeniero que tenía cinco
hijas muy bellas y todas te rodeaban mientras hablabas seriamente de
astronomía. Ser dramático era la clave de tu conversación avezada deseando que
el momento angular de tu enorme deslumbramiento por la estrella Cygnus X-1
acabaría fascinando a las chicas que bailaban contigo –era un arcaísmo
exquisito- el rock alrededor del reloj.
El horizonte
de los sucesos apenas parecía un pretexto para besarlas o llevarte a la
decepción. Les contabas que Clarence King, un geólogo gringo, se descolgaba de
un cerro filudo y mortal con una cuerda, convencido de que construiría un
puente por el que cruzaría el tren redentor de sus encubrimientos. Porque él
llevaba una doble vida: nada más atravesaba el puente de Brooklyn y ya se
llamaba James Todd, padre de cinco hijos y esposo de una negra. No tenía
amigos, no atraía a la vecindad, no invitaba a chicos delgados y guapos como tú
ni leía "El puente" de Hart Crane.
“Tengo fotos
de una gigante roja transformándose en una enana blanca, así es la Gravedad del
Colapso”, les decías a las chicas admiradas de tu autoridad sobre los agujeros
negros en una ciudad que no tiene estrellas. Entonces su padre leía en alta voz
los poemas acéntricos de Oquendo de Amat y tú soñabas que sus hijas estaban
locas por ti.
No tenemos
la seguridad de que Clarence King entendiera que los puentes no son
necesariamente el tránsito de una disociación. Tampoco que yo me hubiera
librado de la elección porque el amor no es abundante precisamente porque no
hay forma de que un astrónomo contemple la Constelación del Cisne amando a la
vez a tantas muchachas en el mismo telescopio.
Escucha: yo
entonces tampoco sabía lo que era la transparencia. Cargaba revólveres,
asaltaba bancos y me movía entre sombras escondido por esas alturas que a King-Todd
le costaba la tragedia de su duplicación. Suspenderse de una cuerda ya es un
estilo de vivir devorado por 14 soles que a su vez se devoran a sí mismos hasta
acabar en un agujero negro, allí donde el exceso me arrojaba al terror: mucha
simulación, muchas chicas perturbadoras bailando pegaditas a mí.
Y el puto
cielo que no derramaba la señal del amor ni de la revolución.
Vamos a
llamar a esta época de tu vida la Era del Teorema sin Pelos. Un curso
irreversible. El Big Bang de los desesperados. Una plena certeza del
acabamiento.
Pero James
Todd desandaba el puente de Brooklyn y volvía a ser Clarence King.
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)
EN UN
CAMELLO DE INVEROSÍMILES FUGAS
(Rimbaud)
¿Y si recibieras una jubilación por negociar
esclavos?
Qué mala onda, dirían. Pero el puta abraza una bandera
y hoy escribe en el alfabeto de los apesadumbrados
que trasiegan el desierto en un camello de inverosímiles
fugas. No soy de corromper el diálogo de los siglos.
Allí George Steiner y su instinto de rebajarle la pena
a los que no tienen perdón. Allí la iracunda Hannah Arendt
Qué mala onda, dirían. Pero el puta abraza una bandera
y hoy escribe en el alfabeto de los apesadumbrados
que trasiegan el desierto en un camello de inverosímiles
fugas. No soy de corromper el diálogo de los siglos.
Allí George Steiner y su instinto de rebajarle la pena
a los que no tienen perdón. Allí la iracunda Hannah Arendt
y el Señor de los Ocultamientos ofrendando
metáforas
a los ingenuos de siempre. Tú eras ferozmente premeditado
antes y después de volverte chiflado por el billete. Un olor
a cosméticos, dos chifas en insana competencia como
hubiera reclamado Adam Smith después de compartir
un hongo con Marx. ¿Qué hombres hoy mueren en Mauritania,
en qué clase social pueden entrar? Tu banda desesperada
asalta una empresa petrolera y luego invita a saquear
al pueblo los almacenes de los prósperos cuando el planeta
ingresa en una sala de emergencias. ¿Qué dirías de tu sirvienta
negra? ¿Qué de tu doloroso temor de llegar a esa patria donde
te esperaba la peor madre que haya tenido un poeta? Hablo
a los ingenuos de siempre. Tú eras ferozmente premeditado
antes y después de volverte chiflado por el billete. Un olor
a cosméticos, dos chifas en insana competencia como
hubiera reclamado Adam Smith después de compartir
un hongo con Marx. ¿Qué hombres hoy mueren en Mauritania,
en qué clase social pueden entrar? Tu banda desesperada
asalta una empresa petrolera y luego invita a saquear
al pueblo los almacenes de los prósperos cuando el planeta
ingresa en una sala de emergencias. ¿Qué dirías de tu sirvienta
negra? ¿Qué de tu doloroso temor de llegar a esa patria donde
te esperaba la peor madre que haya tenido un poeta? Hablo
de criminales en serie, de catástrofes y guerras
químicas. Hablo
del modelo perfecto de crear una necesidad. Ya soñé con
hallar una maleta casual con millones de dólares para
repartirnos la felicidad de los narcos. ¿Serías el mismo poeta, ese
adolescente cuya sombra la luna atolondra en las dunas cuando
se refugia horrorizada de las masacres de Kabul? Oye, no hemos
cambiado la forma de leer tus poemas, pero los soldados muertos
siguen pudriéndose en esas guerras que secuestran a la belleza
en sus rodillas. Un pájaro bomba le canta al mundo y anuncia
el último día. Ya llega, de veras. Y te esperamos para que dances
del modelo perfecto de crear una necesidad. Ya soñé con
hallar una maleta casual con millones de dólares para
repartirnos la felicidad de los narcos. ¿Serías el mismo poeta, ese
adolescente cuya sombra la luna atolondra en las dunas cuando
se refugia horrorizada de las masacres de Kabul? Oye, no hemos
cambiado la forma de leer tus poemas, pero los soldados muertos
siguen pudriéndose en esas guerras que secuestran a la belleza
en sus rodillas. Un pájaro bomba le canta al mundo y anuncia
el último día. Ya llega, de veras. Y te esperamos para que dances
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)
DE BUEYES
JALANDO LOS SIGLOS / (Poética II)
Para Jorge
Pimentel y Carlos Alberto Ostolaza
Si la
realidad no es completa ya no depende de ti, has hecho bastante con explicarte
-y sobrevivir- al inacabamiento como fracaso.
Así
envejecía un ingeniero contemplando una fotografía del puente que las
apetencias del poder lo habían detenido al borde de un precipicio.
Si
reescribimos la historia de un tren aquí ya tenemos la desventura de una
proyección zigzagueando entre congresistas y decretos supremamente
desconcertantes. Y nadie lograría que la grandeza de su jadeo se extendiese más
allá de las pasiones retóricas. Los políticos anudaban el progreso que solo
pretendía reocupar el espacio con la simple honradez de los bueyes jalando los
siglos.
Hijos y
nietos no habían consolado al predicador del futuro temerario, la esposa que le
fue fiel en sus ratos más avezados e insomnes, el tumulto de inmigrantes que en
sus grandes planes no eran más que piezas del nuevo orden: rieles, listones de
madera, remaches y todas las tribus del clima alzando campamentos para la única
gran epopeya.
¿Él hubiera
sido grande construyendo el puente más abismado en un mundo fallido de ingenio
y de dispendiosos perdedores? Pero una foto del puente inconcluso le recordaba
que habían desfigurado su gloria con una estúpida discordia perennizada en las
paredes de su amplia sala. Allí colgaban otras imágenes de innumerables
homenajes e hipócritas discursos que precedieron a su jubilación. Y esa
frustración era el himno triste de una locomotora fantasma trepando montañas
antes de ingresar en los túneles del olvido.
Así
envejecía. Así se remordía. Así empeoraba las cosas.
Hasta que
encontró a un pintor que a trazos y brochazos perennizó una mentira donde
políticos, guerras y presupuestos jamás restarían la gesta de alterar el vacío,
prolongando el puente como se había imaginado en los planos. Sobre él marchaba
el coloso desconcertando a las aves en el cielo desconsolado de las alturas.
Y como toda
bella mentira el cuadro prescindía del tiempo, de taladros y dinamitazos, de
epidemias y muertes, de motines de chinos e indios, de políticos y banqueros,
incluso del puente, para dejar solo constancia del tren que echaba humo en
medio del precipicio.
¿Es justo
que el sueño reivindique nuestros postergados alardes, magníficos solo en el
deseo y el despecho? ¿Importa acaso que el arte reproduzca una historia no
sucedida?
Ahora
muérete bien,
pero primero
diles
que te
llevas una torcida satisfacción.
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)
ORACIÓN DE
LA NOCHE HERIDA
Esa región
vocinglera del cielo que arroja furia en el río, agua en el agua, agua pared de
impenetrable amenaza, me separa de mi silencio que tras el agua es distancia
debida.
Acodera el
barco en plena tormenta sometiendo nuestros cuerpos a la voz prepotente de los
truenos que en cuanto ensordecen las dudas también nos impiden salir de los
remolinos de nuestros remordimientos.
¿A quién se
dirige un hombre cuando el cielo, con ese desdén perfeccionado hasta la
sabiduría en millones de tormentas, se envuelve de sí mismo y empapado hasta
sus raíces se precipita en el más imperdonable de sus decretos?
Agua que se
crispa en la apretada oscuridad del bosque, agua que nos cerca en la
región del tormento para indagar qué nombre llevan las decepciones del
mundo y sus sueños y qué barco se hunde en los presagios cumplidos cuando hasta
los animales más avezados se guarecen implorantes ante el destello hiriente de
los relámpagos que ponen de rodillas a los árboles reverberados por su
indefensión en una batalla perdida.
A la voz
fronteriza del cielo nos debemos, a su cólera luminosa. No fanfarronea uno allí
ni se aventura el animal que nos puebla de benevolencia: donde reina el imperio
implacable del vaciamiento la eternidad durará lo que un castigo, que no es de
tiempo que dura, sino de dura intensidad y escarmiento.
Agua
descontrolada, feroz en su desbocado terror, cada firma invisible que nos
arroja es su palabra contra la nuestra, cada conversión de la sombra
aterrorizada ante la enormidad de las olas es el vocerío mudo y mudado contra
su resplandor que ardoroso cicatriza el más náufrago de los paisajes. Cada
precipitación estrepitosa reescribe en nuestros huesos ateridos el himno
aturdido de un perdón que sabemos inmerecido, la oración de la noche herida.
Sin orillas ni
cobija en agua o tierra los anónimos nos borramos del alma y en la última
mirada aceptamos el rencor de su autoridad inatrapable entre los dedos. A cada
adiós un rayo entonces.
Contrasta
ahora la vida entre la ilusa alusión del río apacible y del cielo encerado por
el sol con esta masa alborotada que arranca súplicas a la inanidad de tu piel.
Al sueño que se tropieza en los descamados tablones del barco hasta no ser más
que un esqueleto armado en el museo de una tragedia de agua, mientras legiones
de nubes, prestadas de otro cielo, se cierran y se aprestan al ataque final.
Toda costa
será para ti costra mañana, si es que llega mañana, y toda sobrevivencia la
hendida voz del silencio en otra sepultura de agua.
(De “Bajo el cielo haragán”, inédito)
BIOGRAFÍA:
Tulio Mora (Huancayo, 1948) es uno de los poetas
más representativos de la denominada generación del 70 y uno de los escritores
y teóricos más importantes del Movimiento Hora Zero.
Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y se dedicó tempranamente al periodismo. Publicó su primer libro de poesía titulado Mitología en 1977. Entre otras obras están: Cementerio General, Oración frente a un plato de col. En 2009 editó la antología Hora Zero: los broches mayores del sonido. Tiene un libro inédito llamado Bajo el cielo haragán del cual hemos publicado estos poemas.
Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y se dedicó tempranamente al periodismo. Publicó su primer libro de poesía titulado Mitología en 1977. Entre otras obras están: Cementerio General, Oración frente a un plato de col. En 2009 editó la antología Hora Zero: los broches mayores del sonido. Tiene un libro inédito llamado Bajo el cielo haragán del cual hemos publicado estos poemas.
MENCIONADO POR :
Rosina Valcarcel , Stephan Enríquez, Miguel Urbizagastegui, Jerónimo Pimentel, José Rosas Ribeyro , Jorge Pimentel
MENCIONA A: Jorge Pimentel, Jorge Nájar, José Cerna, Carmen Ollé, Enrique Verástegui, Dalmacia Ruiz Rosas, Yulino Dávila


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