Jorge Frisancho























POEMAS:


Primera migración/ las aves

Conozco la historia de estas aves. Aves
que llegaron de muy lejos a poblar una cálida costa
y no encontraron sino la arena sucia, el mar que muere
y ese largo silencio delineado de sus sombras.
Conozco la historia de estas aves vencidas por un tiempo
que no puede soportar tanta belleza, es decir, aquel tiempo
del ardor y la fatiga, nuestro sueño,
el sol que cae sobre la arena sucia
y un horizonte que se curva más allá de los ojos: sí, conozco la historia de
........estas aves tranquilas
que me miran, estas aves que miro: esperaron el retorno sin poder olvidar
y la vida fue entre ellas el oficio de los desesperados y los mansos,
nada notable para quienes aprendieron
con dolor que los deseos son un círculo debajo de las olas,
que las olas van perdiéndose al caer la tarde.
Se alzaron contra un cielo demasiado oscuro, prendieron de él sus suaves sueños
y tampoco en su solitaria permanencia encontraron la ciudad.
Esa ciudad
donde ahora suponen un cuerpo que retenga sus presentimientos,
la sabiduría y la paz, una vida finalmente dedicada a olvidar.
Pero esperaron el retorno sin poder olvidar. Y nada han visto
sino la arena sucia. Y nada han encontrado salvo el mar que muere.

Sí, conozco la historia de estas aves.
Su primera migración ha sido en vano.

(De Reino de la necesidad. Lima: AsaltoAlCielo Editores, 1987)

***

Plato vacío (algo está obligándonos a recomenzar)

Para Rodrigo Quijano

¿Cuántas veces deberé contemplar aquel plato vacío
para que suceda, exactamente, un atardecer frente a mis ojos
y éste sea el legítimo crepúsculo, entre afranelados ocres y amarillos,
que se desenrolla sobre un mito personal, como su relativo apocalipsis?

No, nadie dijo que el poema sería la respuesta, pero no me importa.
Nada cambia si me quedo a mirar el horizonte, la sombra del pelícano en la arena,
las desfallecientes oleadas de un Pacífico sur —pero no tanto—
y luego escribo, parado en el mismísimo ecuador de toda una experiencia
cuidadosas elegías, ordenados cuartetos sin fustán, desnudos versos
ferozmente sonoros y expresivos.
Y sin embargo miro el horizonte como quien mira un espejo
y hago de las olas elevándose una simbólica ecuación, un estallido
y del pelícano una imagen en el lugar exacto, y éste es un poema
mas no un atardecer de dudosa geometría o un crepúsculo coloreado
como una hoguera de delgadísimas flamas arañando mi corazón.
No, nada ha sucedido excepto las palabras, pero no me importa.
Contemplo otra vez aquel plato vacío, fracasando,
y bailo sobre un pie, clavándome en un suelo sin virtudes, mientras a mis espaldas
cuarenta catedráticos se ríen sin emoción:
elaborados ayes, castísimos lamentos salen de mi laringe sin convencer a nadie
y permanezco en vilo sobre mi propia sombra puntual, cubierto de tensiones y ternuras
tratando de caer sin conseguirlo.
De alguna forma oscuro, herido por la miopía, aún estoy mirando el horizonte
como un molusco rudamente separado de las rocas.
Suma de minerales y líquidos amnióticos, bajo una piel que se calcina pero insiste,
esto soy, y un pedazo de sombra me define ante tus ojos,
mientras algo está obligándome a recomenzar.
Porque algo está obligándome a recomenzar:
bailo sobre un pie
como sobre los arcos de un sentido preciso pero incomunicable,
incomunicado yo mismo entre paredes de palabras, y el poema
es lo que he venido a recitar en un punto cualquiera del ajeno litoral que
........se despuebla
de todos sus animalillos murmurantes, como tú, que ahora caen
........graciosamente hacia el falsete.
A mis espaldas cuarenta catedráticos susurran, pero no los oigo.
Sus voces aflautadas pueden ser, ahora, un melodramático bolero tropical
mientras de mí se desbanda un tropel de pasitos, y jergas, y compases
melancólicamente disueltos en el absurdo de su perfección.
Guardo, como una paradoja, emotivos silencios mientras la música vuelve,
pero la música no vuelve, y tú me estás mirando detenerme
en el instante previo a la caída que es, fingidamente, mi destino.
No, éste no es un atardecer, pero tampoco un mediodía,
y sigo contemplando aquel plato vacío como quien espera, mientras un
........lapso de tiempo indefinible
hace con delicadeza un delta para rodearme, y no me toca.
Es el permanente lapsus del poema lo que oigo, aunque me cantes
y una hoguera de flamas delgadísimas nos una:
aún estoy mirando el horizonte, y el horizonte se mueve y reverbera como un verso
sin retóricos meandros, acerado, o más bien acelerado
que se encamina sin lástima a su consumación.
Y nada cambia, incluso si me desapruebas
pues yo sigo bailando mi bolero y tú sigues allí, sutil como un hermano de
........otros padres
entre gritos inaudibles y concéntricos
que se piensan a sí mismos como una razón, y son un hueco
en el paradisíaco paisaje inexistente que contemplas, como yo mismo
........contemplo todavía
la sombra del pelícano flotar sobre mi propia sombra: el poema
se parece demasiado a esta equivocación
que dejo deslizar sobre las removidas aguas de mi memoria, con la
........estructura de un trino
y la fugacidad del sol opaco que nos hace, tercamente, un hermoso eclipse
........frente al mar.
A mis espaldas, cuarenta catedráticos se marchan sonriendo
y éste es el momento de saber que el crepúsculo no llega aunque la
........música vuelva
y yo siga bailando mi bolero mientras tú me cantas,
bajo los afranelados ocres y amarillos de una historia personal
tendida ciegamente en esta playa sin apocalipsis.
Y yo sigo bailando con los ojos puestos en el horizonte,
aunque un helado viento me cale el metatarso, y el poema
no tenga más respuesta, ni más intensidad, que ese plato vacío que nos
........diferencia:
no, nada ha sucedido excepto las palabras,
como una hoguera de flamas delgadísimas arañando mi corazón
y también tu corazón, en el mismísimo ecuador de este poema
mientras algo, eternamente, está obligándonos a recomenzar.

(De Estudios sobre un cuerpo. Lima, Editorial Colmillo Blanco, 1991)

***

(cuáles horas)

cuáles horas en tránsito
si las de estarse quieto en estos interiores
son las de estarse aquí sobre la móvil silla
que nos conduce a nada velozmente
salvo por esa herida bajo el párpado
salvo por ese cierre
salvo por la palabra

no estar en ningún lado pero solo en el cuarto
en el que en qué idioma escribes estas ansias
quedas huecas sordas palabras prisioneras
que a nada nos conducen ferozmente
sino a la ciega órbita metálica
del ojo de la máquina

pero este estarse aquí profundamente
es ya no estar allá ni haber estado
salvo por la memoria que se cierra
sobre esta misma hora silenciosa
y en el silencio de la hora hiere
el párpado con móviles palabras

que están aquí jamás sobre la silla
que en qué cerrado idioma nos conduce
a nada finalmente, a cuáles horas

(De Desequilibrios. Lima, Editorial de la Universidad Católica, 2004)

***

Correspondencias (poética del otro)

para Xavier Echarri


Juégate la lógica, compadre. Escúchate a ti mismo
hablar de nada —del objeto sudor, del oro de los tontos, de la fuga
insectívora en su punta mineral,
que no te hiere todavía—.
Y que no te hiera el ocaso todavía: asciende
a la impávida ciudad a media tarde,
entre sombras en trozos que desdicen su conjugación
y se cierran sobre un punto problemático del cuadro.

Ahora mismo nos dejamos de cosas.
Idiómate el espejo, lengua afuera,
como si acariciaras la pequeña bestia, su lomo desolado y palpitante,
en humedad de sueño
pero no con esa mano enternecida sino con su reverso
de piel como franela, con pelitos. Una a una
cuenta las fronteras interiores
y las exteriores, y las que se atraviesan.
Signifícate un poco, oblícuamente:
con la furia discreta de un mar abandonado a la memoria
detente en el momento de saltar sobre el abismo.

Acá están, entonces, las arcadas y los pasos.
Esta es la ciudad, te digo y me lo dices, del oscuro predicado y del peatón.
Sin embargo, me estoy hablando a mí continuamente
en el pasado esfuerzo de escucharme los follajes
que insisten, de hojas blanquecinas y pendientes,
en hacer la muda química del mapa
en músculo telar por sus palabras llanas, ésas
que se quedan afuera de la geografía
y se reducen a cero mientras tanto.

Porque al cabo el movimiento es la caída, si hemos de ser francos,
en diagonal transparente sobre el órgano que ruge
o calla, complacido.
Y al cabo el movimiento es la caída
del cristal en el cristal, de la curva en la curva, y la distancia
es sólo la distancia que separa los bufidos
de su propia parábola cabal, el deshonesto cerrojo de la boca
indiferente al contorno de las cosas así empequeñecidas
y tan tarareante, con su aleve persistencia en el error.

¿Quién lo dijo primero? (¿Acaso hay que saberlo?).
Herido muchas veces en el calculado contrabajo, hago lo que puedo por quebrarlo;
todo lo demás puede esperar. Música manada
del conjunto de pechos circulares que componen
una alegoría sin dolor: déjala estar así, dormidamente
sobre su asfalto rugoso hacia el final.

Y acá están, entonces, los cartílagos bordes
de una respiración vegetativa, pues en silencio se cierran
los pétalos posibles sobre un mundo mortal
como párpado azulino sobre el ojo de la fierecilla
que calza, acumulada, los zapatos sin nudo de su vida interior.

¿Quién lo dijo primero? El de antes, tal vez nosotros mismos.
Si esa fuera la respuesta, el paso sería su pasado
convirtiéndose en un himno impracticable, y ésta, en efecto, la ciudad
a la que entran los tímidos océanos espejos
en un golpe de luz que te calienta
la pierna, mientras callas.
Pero no dejes que te hiera todavía:
tósete el atraco en la garganta del experto trino
y expúlsatelo así, con ácida saliva
encima de la sábana que cubre, o que descubre, su vello material.

Porque tal vez, me digo y te lo dices, no haya que saberlo.
Polícroma la sombra en todo caso, aunque no mires:
su huella es en tu piel que se avecina
y su tacto parecido al animal.
Falla la geología: pásate el vientre, y el vino, y el después.
Espejos homicidas, aquello que quisieras ver
en el lado secreto de la cuenta, sólo a gotas
y aún así llamándote a gemidos inaudibles
en la curiosidad de su desolación.

(Vísceras, sí, pero con la cabeza: ármense las aves migratorias
antes de tocar el hemisferio de su predilección, pues ese es el sentido de su vuelo
que se deja caer sobre la hora, y se deshecha).

¿Y a qué hora me arrepiento de la madrugada?
De alguna forma hay que decirlo: este pozo polar
es la palabra cercenada de los fríos avellanos, en pos de su testigo.
Acá están, entonces, los dilemas
sobre trozos de un cuerpo. Mírate en su superficie,
mas no dejes que te hiera todavía
con su dulce violoncello el corticoide.

(Una mañana se levanta, vigilado, el acróbata indeciso.
En su ombligo tardío está el centro de la aurora, como un ojo
que depende de su trama para ser lo que es.
Escúchalo posar, ya que no puedes verlo,
en diálogo con la devoradora, el lírico boludo
mientras quiere caer y se detiene
como un péndulo pelón sobre la marcha:
ya, ahora mismo, nádate a su encuentro).

De pie frente al paisaje, o a su espalda: ¿acaso hay que saberlo?
Mayúsculo será el encontronazo
del cazador con su hipótesis, me gritan en la cueva.
Pero la cueva es mía, o tal vez lo haya sido, y es probable que ésta sea la ciudad;
navégale, por eso, la piel a los alcoholes, poro contra poro,
por la lágrima que no se queda quieta, su desierto velamen apartado del mundo
y su mundo de azules contrapuestos, y amarillos.

Acá están, entonces, los trapecios y las arpas.
Yo mismo me deslizo hacia la bocamanga
suspenso sobre el canto de la muela, mordiéndome el espejo hasta el final.
Biseles en el cráneo que se lleva bien, piel a piel en su mejor momento:
lo que miro es lo que es, o lo que puede haber sido.
Esta hora te araña un lengüetazo, me dices, con precisión animal;
Este fruto se corrompe con polvillos, te digo,
en el cúmulo cortante de su equivocación.

(Asiduo planteamiento del problema, con quiebres repentinos en la voz.
Falla del cuerpo, aunque no pueda ver: el bicho muere
colgado finalmente de su respirador, y el ágil se desnuca en el intento).

(De Desequilibrios)



POÉTICA:

Me guía un interés apremiante en los reveses de la palabra, en sus agujeros y sus puntos ciegos, en su continua derrota y en su permanente posibilidad. Creo que mi poesía se genera en esa tensión, en esa fisura, en ese quiebre: un lenguaje que se mira a sí mismo. El gesto básico de mis poemas ha sido siempre ése. Más que significados, lo que ellos tienen son procesos de significación. Lo que revelan --o quieren revelar-- es el trámite en el que construyen su sentido; el sentido mismo les es elusivo, o, en última instancia, indiferente. Quizás podemos llamar a esto una “reflexión sobre el lenguaje poético”, aunque yo tiendo a pensarlo como una característica del lenguaje, punto (lo de “poético” es un añadido innecesario). O para ser más claro: tiendo a pensarlo como un momento en la historia de nuestra relación con el lenguaje (que es la historia de la cultura), este momento de disoluciones, desconfianzas y desarraigos, cuando las palabras, al menos las palabras de siempre, tienden a revelarse vacías y su funcionamiento como herramientas comunicativas tiende a revelarse utópico. Perdida esa utopía del lenguaje --la que animó por ejemplo a los Románticos, y a sus hijos, los de la vanguardia-- lo que queda es su mecánica desnuda, su materia pura. Esa es quizá la tensión de la que hablo: la tensión de un lenguaje que ha perdido sus certidumbres y sus confianzas, sus soportes metafísicos, sus poderes, y tiene que reconstituirse desde su más básica materialidad.



BIO/BIBLIO:

Nací en Barcelona, España, en 1967. Crecí y me eduqué en el Perú. Vivo en los Estados Unidos desde 1991, primero en Nueva York y ahora en Chicago. He sido periodista, guionista de televisión, editor y traductor. He publicado Reino de la Necesidad (Lima, AsaltoAlCielo, 1988), Estudios sobre un cuerpo (Lima, Colmillo Blanco, 1991) y Desequilibrios (Lima, Fondo Editorial de la PUCP, 2004).



MENCIONADO POR:

Luis Fernando Chueca, Fabricio Rebatta, Raul Mendizabal, Fred Rohner, Paolo de Lima, Violeta Barrientos



MENCIONA A:

Domingo de Ramos, Mirko Lauer, Montserrat Álvarez, Mario Montalbetti, Rodrigo Quijano, Xavier Echarri, Roger Santiváñez, Andrea Cabel, Cecilia Podestá, José Carlos Yrigoyen, Raúl Mendizabal

Martín Zúñiga

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